08 julio, 2014

Los millonarios insertos de Bernardo Fontaine; o los que tienen más, gritan más fuerte

El año pasado, un grupo de profesores de derecho decidimos llamar a marcar AC (esto es, "Asamblea Constituyente") en la papeleta de las elecciones, a fin de reivindicar la legalidad y la conveniencia de dicha forma de acción política. Esto supuso varios desafíos. Primero, ponernos de acuerdo sobre qué decir; a través de un proceso de discusión, llegamos a concordar en un texto que satisfacía a todos. Segundo, ponernos de acuerdo sobre dónde decirlo; surgió un consenso de que esto merecía, más que una carta o columna en algún medio, un inserto en un diario de circulación nacional. Tercero, dado que habíamos tomado esa decisión, debimos enfrentarnos a la recaudación de dinero; hicimos una colecta entre todos, logramos que alguien negociara en nuestro nombre una rebaja en el precio del inserto (gracias Javiera). Por último, debido a la conjunción de todos estos objetivos, llegamos a la conclusión de que debíamos alcanzar un número de firmantes (y de financistas) inusitadamente alto: a través de nuestras redes personales llegamos a convocar a más de cien profesores de prácticamente todas las facultades de derecho del país (salvo, curiosamente, de la Universidad Católica).

El resultado fue que logramos publicar nuestro inserto, en un proceso de persuasión y organización colectiva que encarnó el mensaje mismo que queríamos transmitir (gracias McLuhan). Esto tiene un valor cuando se trata de asuntos específicamente políticos. Como observa Hannah Arendt, la política es una dimensión de la vida humana que existe en el plano de la acción colectiva coordinada y reflexiva. Desde esta perspectiva, no todo es política. La violencia, que ella define como la multiplicación de la potencia individual a través de instrumentos y otras tecnologías, no es política en un sentido arendtiano. Lo que la violencia puede hacer es motivar acciones propiamente políticas. El golpe militar es un acto de violencia, que desencadena acciones arendtianamente políticas en la élite civil, que se organiza para empujar adelante un proyecto de refundación neoliberal. Pero el golpe mismo, en un sentido arendtiano, no es política: es pura violencia, es multiplicación instrumental, a través de las armas, de la fuerza de unos pocos individuos que, tal como Adolf Eichmann, no deliberan.

Bernardo Fontaine Talavera, director de varias empresas cuyo perfil profesional figura en el sitio web de Forbes, ha publicado tres insertos contra la Reforma Tributaria que constituyen un fascinante contraste con la iniciativa que los profesores de derecho llevamos a cabo, y, en consecuencia, con el concepto arendtiano de política. Allí donde nosotros debimos reflexionar sobre un texto que nos satisficiese a todos y convencer a nuevas personas de sumarse a un texto ya existente, Fontaine decidió recortar frases de economistas y publicarlas sin haberles consultado su opinión. Y allí donde nosotros debimos coordinarnos para alcanzar una suma de dinero que excedía poco más de un millón de pesos, Fontaine pareciera haber desembolsado sin problemas 44 millones de pesos. Si lo que nosotros hicimos fue un acto arendtianamente político de deliberación y coordinación colectiva, lo que Fontaine hizo fue un acto aredntianamente violento de multiplicación, a través del dinero, de la voluntad y la voz de un sólo individuo.

Por ello resulta tan paradojal que Fontaine afirme que quiere ser "la voz de los que no tienen voz". Los que no tienen voz no están preocupados por la eliminación del Fondo de Utilidades Tributarias, ni tampoco por la renta atribuible; tales sujetos tienen muchos voceros, incluyendo la UDI, El Mercurio, diversas organizaciones gremiales y centros de estudios, y varios dentro de la propia Nueva Mayoría. Los que no tienen voz son aquellos que deben recurrir a la protesta para luchar por su derecho a recibir una educación que les permita desarrollar sus capacidades; son aquellos que deben ocupar carreteras para exigir atención por parte de las autoridades; son aquellos que están dispuestos a quemarse vivos por las malas condiciones de trabajo y la indefensión en que se encuentran. No creo que Fontaine, el director de empresas, esté hablando en nombre de aquellos. Más bien creo que está hablando en nombre de su cartera de clientes empresariales, y sobre todo, en nombre propio.

Si la metáfora con la que visualizamos la política es la de una conversación, lo que los millonarios hacen es tomar parte en ella con un megáfono. Y el efecto del megáfono es precisamente el contrario al señalado por Fontaine: es acallar las voces de los demás. En esta materia, el signo de los tiempos neoliberales en los que vivimos es que parece razonable que quien paga más pueda hablar más fuerte. Fontaine pudo pagar tres insertos multimillonarios, entonces tiene derecho a hablar, aunque lo que diga distorsione la opinión de otros y les haga decir cosas que no necesariamente han querido decir. Esto significa que, en una distribución neoliberal de los turnos de hablar, no todos tienen derecho a igual consideración y respeto: tal derecho se compra, y se obtiene tan sólo aquello por lo cual hemos pagado. El neoliberalismo genera mucho dinero para algunos, pero su bancarrota moral es innegable.

05 julio, 2014

Antiontologismo

Hay algunas cualidades de los individuos que se prestan para afirmaciones estables. Alguien pesa una cierta cantidad de kilos a determinada altura por sobre el nivel del mar, y ello será así mientras tal situación no cambien. Alguien tendrá un determinado color de piel o de cabellos, fruto de que el reflejo de la luz contra tal superficie produce una determinada variación en el espectro luminoso. Todas estas cosas serán ciertas ceteris paribus, mientras las condiciones circundantes y las propias características no cambien. Pero, mientras ceteris siga siendo paribus, ellas serán así.

Pero, ¿qué decir de otras cosas como el carácter, o las creencias de los individuos? ¿Es posible describirlas como cualidades estables? ¿O son más bien tendencias a repetir un mismo comportamiento? ¿Permitirá la neurociencia reformular afirmaciones tales como "es un vegetariano" (¿lo es mientras duerme? ¿Es una propiedad emergente, que se activa ante las circunstancias apropiadas?) a través de un lenguaje que describa propiedades estables de nuestra configuración neuronal?

Caricaturas étnicas en la discusión del conflicto chileno-mapuche

Cuesta comprender qué contribución a la discusión del conflicto chileno-mapuche realiza la columna de opinión del abogado Gerardo Varela, socio de uno de los "grandes" estudios de abogados de la capital ("grandes" no porque concentren una gran cantidad de saber jurídico, sino porque representan grandes intereses económicos). Al imputar a quienes simpatizan con la causa mapuche una inexistente adscripción al arquetipo del "buen salvaje", su argumento distorsiona el contenido proposicional del discurso de sus adversarios. Al apelar de manera tan superficial al ideal de unas mismas leyes para todos ("Ellos tienen derecho al mismo Código Civil y están sujetos al mismo Código Penal que el resto de nosotros") revela una comprensión obsoleta, por insustancial, del concepto de igualdad. Al caracterizar al pueblo mapuche precolombino como un conjunto de "pequeñas tribus que estaban en estado de guerra permanente" demuestra no conocer los estudios realizados al respecto por historiadores como José Bengoa y arqueólogos como Tom Dillehay. Al tratar de justificar históricamente la situación actual ("Fueron derrotados en guerras e integrados a la comunidad chilena") intenta falazmente hacer pasar violencia por legitimidad, y opresión por justicia.

Sin embargo, quizás lo más grave de su columna sea la caricatura étnica con la cual titula su columna: "Si camino hablar, ser el intendente que venir".La referencia implícita aquí alude a aquel spot publicitario de los años 80' en que Luis Alarcón, disfrazado de acuerdo al estereotipo de cómo se ve un indígena norteamericano transmitidos en las películas de Westerns, realizaba una afirmación similar. La columna jamás llega a explicar qué quiere decir con este título. Lo único que se puede razonablemente concluir es que el columnista, al usar este estereotipo caricaturesco, busca denigrar al Intendente Francisco Huenchumilla.