27 abril, 2009

Legitimidad y Legalidad

Las tecnologías procedimentales de gobierno de la modernidad, expresadas fundamentalmente en la legalidad y la democracia, tienen un carácter problemático. Esto, porque las sociedades (a lo largo del tiempo y el espacio) enfrentan a un problema común: cómo obtener de manera sostenida la lealtad de sus miembros, fomentando al mismo tiempo la cooperación mutua entre ellos. Estos son los problemas interrelacionados de la legitimidad y la solidaridad.

La legitimidad puede ser entendida como el nivel de conformidad o equivalencia entre los ideales sociales (ideales en los cuales los individuos son socializados, y que dan forma a sus capacidades cognitivas y sus estándares morales) y la realidad social (tal como es percibida a través de los prismas socialmente construidos que gobiernan a los individuos). En otras palabras, el grado de correspondencia entre lo las personas piensan que tienen derecho a esperar de su sociedad y lo que la sociedad en que viven realmente entrega. Un grave desajuste entre las expectativas y su satisfacción, esto es una percepción generalizada de ilegitimidad de un orden social, pone en peligro la configuración o incluso la existencia misma de ese orden; impulsando la búsqueda de un nuevo arreglo social.

Las sociedades premodernas encuentran una solución al desafío de la legitimidad en una estrecha correspondencia entre una cosmovisión compartida (es decir, preconceptos estéticos, morales, religiosos, metafísicos, en materia de género, entre otras posibles puntos de referencia común) y el régimen social existente. Pero este vínculo sólido se ve sacudido por las fuerzas de la modernidad, cuya capacidad de perturbar el orden de las sociedades tradicionales hace que Marx llame a la burguesía como la clase más revolucionaria en la historia. Al mismo tiempo, la fractura de esta cosmovisión compartida libera otras fuerzas, haciendo el problema de la solidaridad social aún más complejo, y poniendo en un lugar destacado la competencia y el conflicto.

Pero en la ausencia de un concepto compartido de lo bueno, lo bello y lo verdadero, las sociedades perturbadas por la modernidad han de buscar otro cemento social. A veces el esfuerzo consiste en apelar a una cultura común, forjada en torno a tradiciones o costumbres y a menudo reforzadas por un origen étnico común, asumiendo la forma del nacionalismo. [1] La legalidad y la democracia, las cuales pueden describirse como las tecnologías procedimentales de gobierno, tratan de presentarse como una respuesta conceptual y prácticamente diferente para el problema de la legitimidad, apelando al consenso de los gobernados como el único fundamento legítimo del gobierno y a la legalidad procedimental como único factor estable para la validez de las leyes.

Sin embargo, en cuanto respuestas al problema de la legitimidad, la legalidad y la democracia son problemáticas ya que, casi por definición, su capacidad de conjugar las expectativas sociales y la realidad social es tenue dado el papel central del desacuerdo moral, la competencia económica, los antagonismos de clase, los conflictos políticos, la rivalidad entre géneros, y así sucesivamente.

La legalidad ofrece un ejemplo de manual sobre este problema, ya que el derecho legítimo es el que satisface nuestro sentido de la justicia. Pero, ¿qué ocurre si esto no es así? La legalidad apela a criterios de validez procedimentales, no substantivos; la legalidad es de por sí ajena o agnóstica frente a nuestro sentido de la justicia. ¿Cómo puede ella proporcionar una respuesta satisfactoria al problema de la legitimidad? Mi propia respuesta a esta pregunta ha cambiado varias veces, así como mi forma de formular la cuestión. Por ahora diría que la legalidad proporciona una respuesta mediante una promesa. El carácter procedimiental de la legalidad y la democracia constituye una promesa para los disidentes de todas las tendencias: la promesa de que en algún momento pueden llegar a dictaminar el contenido de la legalidad y liderar los senderos de la democracia. Cuán creíble es esa promesa varía de un caso a otro. Cuán factible es para quienes aspiran a constituirse en mayoría el cobrarle la palabra al sistema es una cuestión que cada arreglo institucional particular tiene que enfrentar.

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[1] Véase B. Anderson, Imagined Communities. El concepto de nación surgió oportunamente, ya que dicho concepto nació en una época en la que la Ilustración y la Revolución estaban destruyendo la legitimidad de los reinos dinásticos y de Derecho Divino”.