27 agosto, 2008

Recurso de Protección contra Madonna

La prensa informa que un grupo de abogados de www.problemas.cl han presentado un Recurso de Protección contra la productora Time for Fun, alegando que el sistema de preventa de entradas al recital de la artista norteamericana Madonna es discriminatorio y arbitrario y, en consecuencia, inconstitucional.
Ante este procedimiento judicial, casi tan anecdótico y farandulero como el recurso de protección interpuesto por un estudiante de derecho en defensa de Cecilia Bolocco, podemos hacer dos tipos de reflexiones: qué ocurrirá probablemente de acuerdo al derecho vigente, y qué debiera ocurrir de acuerdo a ciertos principios de justicia política. La primera pregunta es muy simple: el recurso será rechazado en definitiva, pues la armonización sistemática de la garantía de igualdad y no discriminación arbitraria (artículo 19 N. 2 de nuestra Constitución) y de la libertad de emprendimiento económico (artículo 19 N. 21 de la misma) no autoriza a la autoridad a intervenir en las actividades empresariales de particulares salvo en casos de discriminación flagrantes e impermisibles. La ponderación de derechos, en nuestro orden constitucional actual, tiene una clara preferencia por la libertad económica en desmedro de cualquier tipo de igualdad. No me sorprendería si la primera sala de la Corte de Apelaciones lo declarara inadmisible; es decir, que ni siquiera se someta al conocimiento de los tribunales este asunto, sino sencillamente se le deseche.

La segunda inquietud es más compleja y depende del concepto que cada quien tenga de los objetivos o valores que deben organizar una sociedad, así como de los instrumentos idóneos para llevarlos a cabo. La Constitución chilena privilegia las libertades económicas, pero esto no necesariamente tiene que ser así: quizás no otro Chile, pero al menos sí otra Constitución es posible. Petrificar en la Constitución una concepción de cuáles derechos debemos tener es poner una camisa de fuerza a la política, cuyo principal objeto es determinar el contenido de esos derechos. Todos sabemos que tenemos derechos, pero también todos discrepamos de cuáles son aquellos; tratar de resolver el desacuerdo por secretaría -es decir, en la Constitución- es ilegítimo y peligroso pues distancia a la ciudadanía de la política al hacerle sentir que no hay nada en juego.

En lo personal, no sólo preferiría una Constitución que no prejuzgara cuáles derechos van a prevalecer por sobre otros, sino que deseo y trabajo por una sociedad que reconozca un lugar central a la igualdad, la solidaridad y la justicia social. En el caso del recital de Madonna, quizás veríamos otro resultado en la medida en que tuviésemos un concepto más robusto de los derechos del consumidor.

Ahora bien, también es cierto que una vez que la Constitución deja la determinación del contenido de los derechos a la ciudadanía y a sus representantes reunidos en parlamento, hay que tomar también la decisión de qué organismos ejecutarán tales decisiones soberanas. Esto se relaciona con la crítica formulada por Lucas Sierra a la supuesta "inflación de derechos" existente en la reciente jurisprudencia del Tribunal Constitucional. Mi postura me lleva a coincidir con su crítica; sin embargo, es necesario precisar que de acuerdo a mis premisas, el problema es únicamente la elaboración de derechos por los tribunales directamente desde la Constitución sin la intermediación del poder legislativo. Ley mediante, no sería un problema que el ejecutor de tales decisiones fueran los tribunales o instituciones administrativas del Estado. Tampoco lo sería que hubiera una inflación de derechos; siempre cuando hubiera sido el soberano político, la ciudadanía, quien los hubiera consagrado y llenado de contenido.

20 agosto, 2008

"Gobernar con los mejores": La falacia naturalista en politica

En Chile, cada cierto tiempo se escucha, ya sea por parte de personeros de derecha o bien por conductores de televisión, periodistas o gente de la calle, que es necesario "gobernar con los mejores", con "la selección nacional" como dijera un creativo ex-candidato presidencial dos veces derrotado.
Indudablemente hay un poderoso imán en la idea de que gobiernen los "mejores". Mal que mal, ¿quién podría defender la idea de que gobiernen los peores? Eso convierte a la idea de que gobiernen los mejores en una curiosa contradicción: o es irrelevante, pues cada quien defenderá a sus favoritos como la elección de los mejores, perdiendo utilidad como criterio distintivo; o bien será pretenciosa, dado que se utilizará para afirmar que los mejores son los partidarios de cierta forma de pensar en la política, la economía y la moral.

Esta última reflexión nos lleva a descubrir el problema lógico que subyace a la mentalidad del "gobierno de los mejores". En efecto, no sólo hay graves problemas político-culturales en este discurso -"los mejores" siempre son mayoritariamente hombres, sólo ocasionalmente mujeres, siempre de clase alta, de piel clara, católicos, con estudios en exclusivas universidades nacionales y extranjeras- sino también un grave problema de carácter lógico: pensar en "los mejores" en política es un caso de falacia naturalista.

Por falacia naturalista entendemos una variedad de problemas lógicos, principalmente estudiados por David Hume como el problema de deducir afirmaciones sobre el deber-ser desde el ser; y por George Edward Moore, quien acuñó este término, como el problema en que incurren aquellos filósofos que intentan definir lo bueno recurriendo a propiedades naturales de las cosas. A grandes rasgos, por falacia naturalista nos referimos al error de deducir conclusiones normativas o valorativas a partir de premisas que contienen sólo información acerca de hechos.

Es imposible decir entonces que alguien, ya sea un exitoso profesional o un competente experto en alguna materia, es automáticamente uno de "los mejores" y que está en condiciones por lo tanto de gobernar. El paso de aquello que es -Juan es un buen profesional, por ponerlo en términos sencillos- a aquello que debe ser -Juan debe gobernar- no es automático, sino que está mediado por un valor -yo creo en la libertad de mercado y la eficiencia- del cual en combinación con la afirmación de hecho se concluye el juicio de valor -como creo que Juan es apto para mejorar la producción y el comercio, objetivos con los cuales estoy de acuerdo, entonces creo que Juan debiera ser Ministro de Economía-.

El punto es que al formular juicios prácticos sobre la realidad, sean estos éticos o políticos, no podemos hacer juicios "puros", carentes de elementos valorativos, pues una misma realidad -la redistribución del ingreso, los incentivos a la competencia política o a la búsqueda de acuerdos, la rapidez de los cambios sociales o su gradualidad- será valorada de manera distinta a la luz de distintos conceptos del bien. Sólo dentro de una comunidad comunicativa que, explícita o implícitamente, comparta un concepto del bien -un movimiento religioso, político, ideológico, metodológico- es posible ahorrarse el ser explícito respecto de los valores a la luz de los cuales uno juzga los hechos. Pero dentro de una sociedad compleja y diferenciada, donde prevalece el desacuerdo, saltarse ese paso es una jugada desleal. El que habla de gobernar "con los mejores" está haciendo trampa.

¿Llegará alguna vez la sociedad chilena, o alguna sociedad siquiera, a reducir los desacuerdos y conflictos, siendo posible en definitiva tener un "gobierno de los mejores"? Muchos se dedicaron durante el siglo XX a intentar construir esa sociedad; en Chile, esfuerzos como el derogado artículo 8o de la Constitución de 1980 iban en ese camino. Sin embargo, nada de eso sentido mientras siga existiendo la pluralidad humana, realidad de la que según Hannah Arendt nace la política. Sólo cuando quede un solo hombre -o mujer- en la faz de la tierra, esa persona podrá estar segura de que es gobernado por el o la mejor.

08 agosto, 2008

La Derecha y el Miedo

Agustín Squella, en su última columna, nos invita a reflexionar sobre la psicología política de la derecha, la cual identifica con el miedo. No sorprende su conclusión, dado que si examinamos las estructuras institucionales que ésta ha defendido, apoyado o promovido desde hace ya varios años -la Junta, el voto censitario, la elección indirecta del Presidente, los Senadores Institucionales, el sistema binominal, el Tribunal Constitucional-, son todos mecanismos esencialmente protectores, de defensa, que hacen carne el proyecto político de construir una democracia protegida.
En efecto no es extraño que sea la derecha quien origina proyectos políticos y constitucionales centrados en la idea de protección, si creemos como dice Squella que la experiencia derechista por excelencia es el miedo. Me atrevería a aventurar, en efecto, que por eso son tan centrales para la derecha chilena actual, para su identidad y autocomprensión, las vivencias de la Reforma Agraria y la Toma de la Casa Central de la Universidad Católica. En estos momentos la derecha sintió que el desorden y la subversión del progresismo cristiano primero, y marxista después, penetraron sus instituciones centrales: el latifundio, la universidad y la Iglesia. Asimismo no sorprende que uno de los primeros escritos de Jaime Guzmán, el cual inaugura y da su nombre a la recopilación de sus artículos periodísticos publicado por Estudios Públicos, lleve por nombre “El Miedo”.