16 junio, 2016

A propósito de Cuba

Pasé una semana en Cuba. La mitad de ella la pasé recorriendo las calles de La Habana; conversé con estudiantes universitarios, con "cuentapropistas", con taxistas, con trabajadores precarios, con algunos mendigos. Escuché muchos tipos de críticas, todas las cuales eran tan aplicables a Cuba como a Chile, si es que no más a este último país. Un sistema económico que no satisface las necesidades de la gente común y corriente, y que no les entrega autonomía sino que hace de ellos subordinados; meros empleados. Un gobierno que no hace partícipe a los gobernados de sus decisiones más importantes. Una élite política que de cuando en cuando se aprovecha de su posición para beneficiarse a sí misma. Una esfera pública donde, si bien ya no hay formalmente restricciones a la libre difusión de ideas, aún así se distingue por su carácter monolítico, y donde sólo reciben difusión los discursos que favorecen al estatu quo. Un modelo económico que genera dependencia de la inversión extranjera, y que en el caso de Cuba va en vías a convertirla nuevamente en un gran resort; un resort controlado por el estado, pero, al fin y al cabo, nada más que un resort para los ricos del mundo. Pero vi y escuché cosas que en Chile casi no se ven: garantías sociales que llegan a todos; la conciencia de que el enriquecimiento individual se logra a costa de la integración social; una profudísima interiorización de la historia nacional como una obra colectiva cuyo conocimiento es vital para enfrentar el futuro; y un gran orgullo colectivo, un sentimiento de dignidad que a los chilenos nos fue robado hace mucho por la vía de las armas y del consenso entre pocos.
La segunda mitad de la semana estuve encerrado en un seminario con profesoras y profesores de derecho de USA y Latinoamérica, incluyendo varios intelectuales cubanos. Estos últimos demostraron, por lejos, ser los más lúcidos. Frente a la persistente creencia, incluso entre los herederos del realismo jurídico, de que el derecho es un fenómeno de carácter textual, la delegación cubana demostró tener conciencia de que es la configuración del poder social lo que determina la realidad del derecho. Y las críticas que nuestros amigos cubanos tenían a la realidad de su país, por cierto, eran no sólo certeras, sino también abiertas; tanto como lo era su esfuerzo por desmentir las caricaturas con que incluso el profesorado interamericano "progresista" veía a su isla. Aún así, dicho profesorado fue incapaz de percibir que nuestras amigas y amigos cubanos eran críticos con su realidad; pues las críticas que compartieron con nosotros no se formulaban desde los valores y los conceptos propios del liberalismo jurídico y del individualismo metodológico, sino que se formulaban desde el socialismo. Claro; entonces, para muchos de estos profesores progresistas, esas críticas formuladas desde la identificación con el socialismo eran confirmación de que el gobierno les había "lavado el cerebro" a nuestros amigos cubanos. Como ocurre siempre, desde la perspectiva hegemónica es más fácil ver la brizna ideológica en el ojo ajeno que ver la viga ideológica en el ojo propio.
Soy tan pesimista con el futuro de Cuba en la época que viene como lo soy respecto de las posibilidades de revertir el daño que el neoliberalismo le ha hecho a Chile. Pero deseo, con el mismo deseo con que quisiera que acá el movimiento estudiantil logre iniciar un ciclo de reformas antineoliberales, que Cuba sea capaz de preservar su dignidad y las conquistas sociales de su pueblo en una época de renovada apertura al mundo.

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