03 diciembre, 2014

El problema con los rankings de "prestigio"

Una de las características culturales de la sociedad capitalista tardía, inmersa en procesos de comodificación del conocimiento, es la construcción de indicadores que permiten cuantificar variables 'blandas' tales como el prestigio.

Quisiera sugerir que esto representa la fase más reciente en el proceso a través del cual el capitalismo revoluciona "incesantemente los instrumentos de la producción, es decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social". A través de la cuantificación del prestigio, el capitalismo tardío no hace sino dar vuelta sobre su cabeza la relación que la economía clásica sostenía que existía entre conocimiento y dinero. Recordemos que para Mises y Hayek, el sistema de precios consistía en un mecanismo de transmisión de conocimiento; específicamente, de conocimiento sobre el costo de producción de cada producto intercambiado en el mercado. Ahora, la información se transforma en un bien valorado económicamente.

Esto se comprende mejor recordando las categorías elaboradas por Pierre Bourdieu de capital cultural (el conocimiento que se detenta), capital social (los contactos que se tienen, es decir, las personas situadas en posiciones de poder que le conocen y respetan a uno), y capital financiero (el capital financiero con que se cuenta). En principio, cada una de estas formas de capital puede transformarse en cada una de las otras; así, por ejemplo, si tengo conocimiento, podré desarrollar contactos, y así acumular dinero. Lo que hacen los índices de medición de prestigio es apoyarse precisamente en un momento de ese proceso de transformación: en el momento en que se encuentran capital cultural y capital social. Eso es, precisamente, el prestigio; el reconocimiento del conocimiento propio a manos de los situados en posiciones de poder.

Lo que hace la cuantificación del prestigio en la era del capitalismo tardío es, entonces, aceitar la máquina de transformación de capital cultural y capital social en capital financiero. A través de las herramientas de construcción de opinión pública –la opinión pública nunca 'está ahí', siempre es construida y configurada por quien se declara portavoz de ella–, los encargados de la cuantificación del prestigio colocan marcadores en la cabeza de los prestigiosos que a su vez les permiten incrementar el valor de los servicios que transan en el mercado. El capitalismo tardío, a través de la medición del prestigio, facilita ahora la transformación de conocimientos en dinero.
Los abogados han estado siempre insertos en la compleja intersección entre poder y conocimiento. En la Roma clásica, el prestigio recibía el nombre de autoritas y constituía el fundamento del ejercicio de la jurisdicción por parte de juristas privados (a diferencia del ejercicio de la jurisdicción por parte de funcionarios públicos que surge en el derecho romano postclásico y que caracteriza también a las sociedades modernas). Por eso, no es extraño que en el mundo En el caso de los abogados, la cuantificación del prestigio ocurre paradigmáticamente de dos maneras: a través de la elaboración de rankings de los lugares donde se entrenan los abogados, y a través de la elaboración de rankings de los abogados mismos. En ambos casos, Estados Unidos, el país situado a la vanguardia de los procesos de transformación del capitalismo tardío, ha ofrecido los patrones para el desarrollo de estas herramientas de cuantificación del prestigio. En el primer caso, se trata del ranking de escuelas de derecho elaborado por la revista U.S. News; en el segundo caso, del ranking de abogados elaborado por Chambers & Partners.

Es evidente, para cualquiera que se detenga a pensar cuidadosamente, que dichos rankings no cuantifican ni la calidad de la experiencia educacional ni, por ejemplo, la capacidad del abogado de solucionar problemas complejos en circunstancias adversas. Esos criterios, si es que son tomados en cuenta, son sopesados a la luz de otros criterios; específicamente, quién te conoce. Por eso los rankings en cuestión son más bien el equivalente de un infomercial o de un aviso publicitario que de un estudio científico sobre el asunto. Pero eso no es una patología de la medición del prestigio: es precisamente el objetivo buscado.

Lo dicho hasta aquí es meramente descriptivo; fenomenológico, si se quiere. Pero se me ocurren al menos dos problemas normativos de las mediciones del prestigio para quienes estén interesados específicamente en el mundo de los abogados y suscriban la tesis política de que una sociedad en que existan asimetrías significativas de poder es una sociedad injusta.

El primero, respecto a las escuelas de derecho, es que los rankings colaboran en la construcción de un modelo educacional basado en la competencia entre instituciones (el modelo angloamericano), no en la colaboración entre instituciones (el modelo europeo continental). Y eso tiende a favorecer , a su vez, la construcción de jerarquías rígidas entre egresados de unas instituciones y de otras.

El segundo, respecto a los rankings de abogados, es que ellos no solamente sirven de plataformas económicas para los favorecidos por ellas. También les confieren poder político, al trasformarles en 'expertos' en las áreas en las cuales han sido favorecidos. Y lo más probable, en sociedades como la nuestra donde la élite se encierra en ghettos educacionales y urbanos que le aíslan del resto de la sociedad, es que los favorecidos por los rankings sean personas cuya que defiendan las asimetrías significativas de poder. Por supuesto, las defenderán con argumentos inteligentes; por algo son premiados con el reconocimiento de sus pares sociales, que les proclamarán a ellos, sus 'intelectuales orgánicos', como los 'expertos' en sus respectivas áreas. Pero ya hemos visto adonde nos conduce aquello.

En definitiva, la construcción de rankings de prestigio tiene consecuencias sociales y políticas que una persona de convicciones igualitarias debe exponer y criticar.