11 noviembre, 2014

Por qué los ricos no suelen ir a la cárcel (y los pobres sí)

Sería un error aseverar que la noticia del día es que John O'Reilly no irá a la cárcel. El error provendría de que, tal como el perro que muerde a un hombre, no hay noticia en que un rico no vaya a la cárcel. La noticia sería justamente la inversa; que un hombre muerda a un perro, que un rico vaya a la cárcel, o que un pobre no vaya a la cárcel. Cosas así.

Ahora bien, lo que sí podría ser novedoso –aunque, quizás, no tan cautivante como para ser noticia– sería sugerir que esto no se debe a fallas del sistema, es decir a las 'redes de poder' que protegen a los ricos, sino a que el sistema funciona de manera perfecta. Es decir, que el sistema está 'diseñado' de tal manera que lo más probable es que envíe a los pobres a la cárcel y no envíe a los ricos a la cárcel. Y no porque, como diría alguien desde la desnuda denuncia, el derecho sea nada más que un instrumento de opresión de clase a manos de la burguesía. El problema es más complejo, y deriva de las ambigüedades del liberalismo; específicamente, en este caso, como teoría del merecimiento y de la contención del poder estatal. El liberalismo y sus sucesivos desarrollos históricos permea profundamente nuestras instituciones; este no será el lugar para hacer un recuento de dicha influencia, tan sólo para analizar brevemente la sugerencia de que el liberalismo hace probable que los pobres vayan a la cárcel y los ricos, no.

En primer lugar, el liberalismo es una teoría del merecimiento; es decir, una teoría sobre los bienes y males que corresponden a cada quien, que cada quien merece. El liberalismo sostiene que, además de la presencia de ciertos derechos naturales o esenciales, el ámbito de lo debido a cada quien está determinado por lo que cada quien hace o deja de hacer. De hecho, muchos de esos derechos naturales del liberalismo corresponden al derecho a ser tratado como un individuo cuya suerte depende de aquello que el mismo individuo haga; así ocurre, por ejemplo, con el derecho natural a la propiedad.

El resultado de esta concepción del merecimiento impacta en la concepción liberal de la responsabilidad penal. El liberalismo es, en ese sentido, fundamentalmente una teoría sobre el castigo penal como respuesta moralmente necesaria a la acción indebida del individuo. Las teorías clásicamente liberales, desde esta perspectiva, son aquellas que enfatizan que el individuo tiene un derecho, figurativamente hablando, a ser castigado, porque es la única forma de tratarlo como un individuo autónomo. El contraste aquí es, por cierto, con una concepción del derecho penal que, de una forma u otra, no dependa de la acción presuntamente libre del individuo. El liberalismo en materia penal se encuentra en su mejor momento criticando aquellas concepciones del derecho penal que giran, por ejemplo, en torno a la peligrosidad de los sujetos en lugar de su conducta autónoma.

Como consecuencia de ello, el liberalismo castiga al culpable, y castiga doblemente al reincidente, pues su acción es más culpable todavía. Esto tiene una consecuencia práctica respecto del delincuente pobre, cuyos delitos –'libres', sin duda, tan 'libres' como cualquier otra acción humana, lo que para perspectivas deterministas significa muy poco, desde luego– suelen derivar de una situación absoluta de carencia o relativa de pobreza.

En segundo lugar, el liberalismo es una teoría de la contención del poder estatal. El liberalismo busca evitar todo lo posible el uso del poder punitivo del Estado. Esto significa, particularmente, que el liberalismo incorpora como elemento central de su teoría penal la existencia de numerosos mecanismos que buscan evitar la cárcel. Entre ellos, la posibilidad para personas que delinquen por primera vez de ser graciosamente dispensados de la cárcel. Como los ricos tienden a cometer delitos circunstanciales, tales como atropellar en una ocasión a alguien en estado de ebriedad, u otros continuos pero que suelen cesar la primera vez que son descubiertos, como abusar sexualmente de otros o estafarles, los ricos suelen no ser reincidentes. En consecuencia, suelen salir libres incluso cuando son condenados.

El punto aquí no es, por cierto, tratar de lograr una garantía de que el rico vaya la cárcel. El punto es que es necesario cuestionar una teoría como el liberalismo que suponga el castigo penal como elemento necesario. Si el problema es evitar la delincuencia, comentábamos hoy con algunos colegas, sería más eficiente y más humano pagar para evitar la delincuencia. Gran parte de los delitos cometidos por quienes terminan efectivamente llegando a la cárcel –porque, como hemos visto, delinquen reiteradamente debido a la pobreza o la desigualdad– se solucionarían con el pago de un ingreso mínimo familiar, obtenido a través del ahorro logrado por cerrar las cárceles (el gasto por individuo encarcelado es altísimo, incluso en un país con pésimos servicios carcelarios como Chile). Ese tipo de propuestas, sin embargo, suponen superar el paradigma liberal de la responsabilidad individual.

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