08 septiembre, 2011

¿Derecho a nacer?

¿Tienen los individuos de la especie humana un derecho a nacer? La respuesta afirmativa a esta pregunta (tradicionalmente no formulada) ha fundamentado la postura de los opositores al aborto en la discusión contemporánea. Su formulación y el estudio crítico de sus fundamentos tiene, pues, una alta importancia práctica.
En dicha discusión contemporánea, el empuje social y la fuerza intelectual de la oposición al aborto (y, consiguientemente, de la afirmación del derecho a nacer) ha surgido de la religión cristiana y particularmente del catolicismo. Las confesiones evangélicas ha proporcionado un respaldo enorme a dicha causa en términos de su capacidad de movilización, pero ello ha ido de la mano de fundamentaciones abiertamente teológicas al combate contra el aborto que le resultan incomunicables y por lo tanto inoponibles a quienes estén situados fuera de la experiencia religiosa. El catolicismo, en cambio, ha elaborado una formulación de su lucha contra el aborto que se nutre del discurso sobre derechos característico de la cultura occidental moderna, ejemplificado paradigmáticamente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. En ello el proyecto católico se muestra heredero de la escolástica, que desde Tomás de Aquino a Francisco Suárez emplea las herramientas conceptuales de la filosofía para defender el dogma en un contexto histórico crecientemente plural; en otras palabras, para reconciliar razón y revelación. Ejemplos de ello son tanto la Encíclica Humanae Vitae, de Paulo VI y la Instrucción Donum Vitae dictada por Joseph Ratzinger desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, como el trabajo intelectual de los filósofos jurídicos John Finnis y Robert George.
El resultado de la reconciliación entre razón y revelación es que el proyecto católico posee justificaciones racionales para asuntos que, dentro de su consistencia interna, tiene una fundamentación última en la fe. Tales justificaciones son aceptables para quienes no suscriban las verdades reveladas en las que el católico cree. Pero que sean aceptables para quien no cree no significa que a éste último le resulten necesarias, como sí ocurre para el católico.
Para el catolicismo, en cuanto sistema de ideas o estructura de creencias, la afirmación del derecho a la vida tiene el carácter de a priori, en el sentido filosófico de esta expresión. Esto, por cuanto desde una cosmovisión católica –que afirma la existencia de Dios, su autoría del universo o Creación, y la condición de la humanidad de especie creada a su imagen y semejanza– la dignidad de la persona y su derecho a la vida son conclusiones necesarias de la tesis o afirmación central de dicha cosmovisión. La existencia de Dios es lo primero; pero de ello se deduce como consecuencia necesaria el derecho a la vida, el cual es por lo tanto racionalmente incontrovertible, y tan sólo explicable. Como consecuencia de esta autoría divina, dichos individuos tienen dignidad, de lo cual se sigue que una vez que cada individuo ha sido configurado (una vez que la carga genética del cigoto está completa) nadie que no sea Dios tiene el derecho moral a ponerle fin (ni siquiera el propio individuo). Por esto tanto el aborto como la eutanasia son moralmente incorrectos; por esto, la pregunta sobre si existe un derecho a nacer no llega a ser formulada.
Quienes eluden la pregunta por la divinidad y su relación con el hombre pueden hacer caso omiso de la afirmación de que somos hijos de Dios. Por lo tanto, pueden optar por distintas respuestas a la pregunta que el catolicismo responde con esa afirmación: ¿qué hay de valioso en los individuos de la especie humana?
Han existido muchas respuestas a dicha pregunta; quizás la más extendida históricamente es la pertenencia a una comunidad específica, sea esta étnica, religiosa, o política. Dichas respuestas nos son insatisfactorias para los modernos, que podemos percibir la fragilidad de dichas fundamentaciones comunitaristas de la dignidad humana. Aun así, la afirmación de la autoría divina de la humanidad no es la única respuesta que excede los márgenes de una comunidad determinada. También podemos fundamentar aquellos que hay de valioso en los individuos de la especie humana apuntando hacia su capacidad para la autorreflexividad; aquello que Hegel llamaba la conciencia de sí, y que Maturana estudia como autopoiesis. Dicha capacidad es el fundamento de la capacidad humana de someter su entorno a sus propios fines, o techne; y se alimenta de la interconexión y complejidad que a cada individuo le entrega la experiencia colectiva intersubjetiva acumulada en la cultura de las comunidades humanas, en la forma de episteme.
La afirmación de la autorreflexividad humana no reconoce a los individuos de la especie humana un derecho moral a nacer. Les reconoce un interés por nacer, desde luego, pero un interés que debe ser equilibrado con otros intereses tales como la autonomía de la mujer o las políticas de planificación de la natalidad. A su vez, da una fundamentación más intensa a la expectativa del individuo a recibir los estímulos intelectuales y los cuidados corporales que le permitan desarrollar plenamente sus capacidades cognitivas. Dicho en términos más simples pero filosóficamente menos matizados, la autorreflexividad no fundamenta el derecho moral a nacer pero sí fundamenta el derecho moral a recibir educación y salud.

2 comentarios:

hugo fuentes cannobbio dijo...

Bueno, entonces yo también propongo mi teoría. Los niños, hasta el año, tampoco tienen derecho a la vida por que su autoconciencia es limitada, además choca con mi derecho estético, pues no me gustan los niños de 6 meses.

fernando dijo...

En efecto, Peter Singer confronta ese planteamiento; desde una perspectiva académica, desde luego, no como un intento por ridiculizar los discursos críticos.