22 julio, 2011

Chile: la paradoja de la desigualdad

(Columna originalmente publicada en La Tercera)

¿Qué tienen en común el accidente de los 33 mineros, la mala calidad de la educación a la que acceden los sectores de menos recursos, y el escándalo financiero de La Polar? Que todos estos hechos, que ofenden nuestro sentido de lo correcto, son el resultado de profundas desigualdades entre los chilenos. Sin embargo, y paradojalmente, los chilenos han demostrado de diversas formas ser insensibles a las desigualdades.

La desigualdad de los chilenos

Los dramas de millones de chilenas y chilenos giran en torno a situaciones concretas de desigualdad. Estos dramas son los temas que invariablemente copan la opinión pública: desde la pobreza a la delincuencia, pasando por la calidad de la educación y el acceso a la salud y la vivienda. Todos ellos están relacionados con la desigualdad fundamental de nuestra sociedad: la desigualdad socio-económica.

Chile es, en efecto, una sociedad socio-económicamente desigual. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, asociación internacional que agrupa a 34 países altamente desarrollos y que el 2010 aceptara a Chile en su seno, ha calificado a nuestro país como el país más desigual de entre todos sus integrantes, por sobre México y Turquía. Un economista ha graficado la desigualdad de los chilenos sosteniendo que mientras el 10% de los chilenos de mayores ingresos tiene ingresos promedio que superan los de Noruega, el 10% de menores ingresos vive con ingresos promedio peores que Angola.

Consecuentemente, los problemas que acaparan nuestra agenda pública tienen su fuente en la desigualdad social. En algunos casos, esto es tremendamente claro: la pobreza es un resultado directo de la desigualdad, y tanto la pobreza como la desigualdad se ven expresadas en la existencia de sistemas educativos segregados para ricos y pobres. Ahora bien, la desigualdad también ocasiona males sociales cuya relación pareciera ser menos obvia.

Piénsese, por ejemplo, en la delincuencia. En su libro “Inequality, crime, and public policy” (Routledge, 1979), el criminólogo australiano John Braithwaite ha establecido que existe una relación directa entre desigualdad y criminalidad; no sólo en el caso de los crímenes contra la propiedad y la seguridad de las personas cometidos por personas de bajos ingresos, sino también en el caso de la criminalidad de cuello y corbata, la cual se beneficia de la concentración de mucho poder en pocas manos. Esto nos da incluso algunas pistas sobre el caso de La Polar.

Lo mismo ocurre con los problemas de salud pública. En su libro “Unhealthy Societies: The Afflictions of Inequality” (Routledge, 1996), el especialista en salud pública Richard Wilkinson ha mostrado que las desigualdades socio-económicas son una fuente específica de morbilidad o propensión a la enfermedad, independientemente del nivel absoluto de ingresos que tengan las personas; es decir, de su condición de pobreza. La desigualdad socio-económica, junto a temores tales como a perder el trabajo o a sufrir accidentes laborales, constituyen una fuente sicosocial de stress que aumenta las posibilidades de enfermarse. La disolución de los lazos sociales en una sociedad individualista y desigual, adicionalmente, disminuye las redes espontáneas de apoyo y protección con que podrían contar los individuos al enfrentar enfermedades. La afirmación central de Wilkinson es que la expectativa de vida mejora dramáticamente cuando las diferencias en ingreso se reducen y las sociedades están más cohesionadas.

La indolencia ante la desigualdad

Aun cuando la desigualdad es la fuente de tantos malos sociales, ella ha sido poco cuestionada entre nosotros. En algunos casos porque ella yace en el fondo de los problemas que nos aquejan, invisible como un virus que sin embargo deja sentir su presencia. En otros casos, pese a ser evidente, el acostumbramiento a ella nos permite ignorarla. Lo más problemático, en todo caso, es que incluso cuando la desigualdad ha sido identificada la mayoría de los chilenos expresa aceptación ante ella.

Una evidencia de la aceptación de los chilenos ante la desigualdad es la Encuesta del Centro de Estudios Públicos de Noviembre-Diciembre de 2010. Esta consulta incluye la siguiente pregunta: “A su juicio, ¿los ingresos deberían hacerse más iguales o debería incentivarse el esfuerzo individual?”. Las respuestas están ordenadas de 1 a 10 según si la persona prefiere la afirmación “Los ingresos deberían hacerse más iguales, aunque no se premie el esfuerzo individual” o “Debería premiarse el esfuerzo individual aunque se produzcan importantes desigualdades”. El igualitarismo máximo está dado por la opción 1, mientras que el desigualitarismo máximo está dado por la opción 10.

El resultado es que un 42.1% opta por respuestas ubicadas entre el 1 al 5, es decir por respuestas más igualitarias, mientras que un 54.3 % opta por respuestas ubicadas entre el 6 y el 10, esto es más contraigualitarias. Dicho en términos simples, la mayoría de los chilenos prefiere la desigualdad a la igualdad. Pero eso no es todo: de entre quienes optan por la igualdad, el mayor número de ellos (un 22.9%) opta por un igualitarismo moderado, al escoger el punto 5. En cambio, de entre quienes optan por la desigualdad, el mayor número de ellos (un 18.8%) opta por un desigualitarismo radical, al escoger el punto 10. De acuerdo a esta encuesta, debiéramos concluir que Chile es un país que se siente cómodo con su desigualdad.

Detrás de esta aceptación de la desigualdad hay profundos cambios culturales y políticos, los cuales se expresan en el discurso público. Mónica Vargas ha propuesto una interesante forma de comprobar dichos cambios en su trabajo El Cambio de Doxa en Chile: de la Solidaridad al Individualismo Indiferente. Una Lectura desde los Discursos Presidenciales pre y post Dictadura (Emancipação, Vol. 8, 2008). Allí confronta los discursos presidenciales del 21 de mayo de Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende con los de Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Ricardo Lagos. Los primeros utilizan conceptos tales como “público, expropiar, cooperativa, popular, pueblo, y bienestar de la nación”, todos los cuales hacen alusión a lo colectivo. En cambio, los segundos emplean términos antónimos de los anteriores, esto es “privado, privatizar, subsidio individual, individuo, gente, e intereses de mercado”. Si imaginamos el discurso público como una cancha con la capacidad de desplazarse, entonces no cabe duda que la nuestra se desplazó durante las últimas décadas, figurativamente, hacia la derecha: hacia la aceptación de la desigualdad.

¿Psicoanalálisis de la sociedad contemporánea?

El psicoanálisis ha transformado al síntoma en el eje de una teoría interpretativa del sujeto: el síntoma, una manifestación corpórea anómala y aparentemente irracional, puede ser objeto de interpretación a fin de acceder a aquel pasado traumático que explica y estructura la reacción sintomática. Un psicoanálisis de nuestra sociedad contemporánea nos permitiría ver nuestra aceptación de la desigualdad como un síntoma que lleva inscritos los traumas que la sociedad chilena vivió durante la época en que más intensamente se luchó por la igualdad en nuestro país: la década y media que antecede al Golpe de Estado de 1973. Quizás reformular nuestra paradojal relación con la desigualdad exija confrontarnos con dicho período. Esa tarea, por lo menos para este columnista, quedará para una próxima oportunidad.

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