30 mayo, 2011

La (in)moralidad del incesto

David Epstein es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Columbia, autor de un libro sobre la teoría política de los Federalist Papers y de artículos científicos y columnas de opinión sobre la racionalidad del proceso político y constitucional norteamericano. La combinación entre seguridad laboral y libertad intelectual que ofrece la academia norteamericana nos permite afirmar que Epstein disfrutaba de una de las forma de vida más placenteras disponibles en la civilización occidental. Sin embargo, pareciera ser que para el cientista político esto no era suficiente. El 9 de diciembre de 2010, Epstein fue arrestado e imputado como autor del delito de incesto, tipificado en el Artículo 255.27 del Código Penal del Estado de New York (en el caso chileno, por si necesita saberlo, lo está en el Artículo 375 de nuestro Código). Por cierto la hija de Epstein, de 24 años, no fue imputada de ningún delito, pese a haber incurrido en la misma conducta penalmente sancionada que la de su padre.

En la criminalización del incesto y, de manera más general en su prohibición, hay importantes valores en juego y bienes o intereses en conflicto, como veremos aquí. Sin embargo, llama la atención la poca reflexión que hay en torno a este asunto. En gran medida ello se debe al propio tabú que recae sobre dicho acto. La consecuencia más palpable de ello es la imposición de penas abiertamente injustas en gente como Epstein. Que la criminalización del incesto carece de justificación a la luz del derecho penal occidental, que propone la utilización restrictiva de la sanción penal, le debiera parecer obvio a todos quienes sean capaces de distinguir mínimamente entre derecho y moral. Por lo tanto, no me detendré en argumentar que las leyes que criminalizan al incesto debieran ser abrogadas por la primera institución pública que tenga la oportunidad, sea ésta la legislatura, la judicatura, o incluso las fiscalías encargadas de la persecución de este ‘delito’. Así debiera ser. Más desafiante es dejar de lado la discusión jurídica de este asunto y encarar directamente la pregunta más profunda y más difícil: los fundamentos morales de la prohibición social contra el incesto.

Como sugiriera Hart al hablar de los puntos de vista interno y externo mediante los cuales se puede observar un ordenamiento jurídico, todo orden normativo puede ser confrontado en sus propios términos o bien reducido a explicaciones causales que den cuenta de sus fenómenos. Esto es aplicable, desde luego, a la prohibición contra el incesto, que tiene el carácter de una prescripción moral. Entonces, al preguntarnos por los fundamentos morales de la prohibición contra el incesto hay al menos dos preguntas que podemos formularnos. Desde una perspectiva propiamente moral podemos preguntarnos, ¿es sustentable dicha prohibición a la luz de otros valores o principios morales más fundamentales? Y, desde una perspectiva socio o sicológica, ¿qué explica el profundo arraigo de dicha prohibición? A fin de explorar esta pregunta me ocuparé únicamente de los problemas morales que emanan de la relación entre Epstein y su hija mayor de edad, forma de incesto que me parece por lo demás paradigmático. Al obrar así, dejo de lado tanto la relación entre adultos y sus hijos menores de edad como las relaciones entre hermanos o primos. Esto, por cuanto los fundamentos morales de la prohibición contra el abuso de menores son sustancialmente más claros, mientras que los fundamentos morales de las relaciones entre hermanos o primos son sustancialmente menos claros; cada una de esas preguntas debiera ser abordada en su propio mérito.

La primera pregunta, de carácter propiamente moral, nos lleva a confrontar la prohibición contra el incesto con las nociones de igualdad y libertad que estructuran el pensamiento político y la práctica constitucional modernos. El incesto, se dirá, es un acto que ignora los niveles de igualdad y de libertad necesarios para que el eros contenido en una relación sea significativo y no sea meramente un acto de coerción. La relación incestuosa entre un padre y la hija, es una relación que entreteje una jerarquía insalvable —aquella entre un progenitor y su progenie— con una situación de necesidad indiscutible —la familia como unidad primaria de socialización—. Por tanto, el incesto sería contrario tanto a la igualdad como a la libertad.

Lo interesante de este punto, que intenta presentar bajo su mejor luz los argumentos disponibles contra el incesto, es que exponen a crítica reconstructiva nuestro entendimiento mismo de los valores fundamentales de la igualdad y de la libertad, si bien de distintas maneras. Veamos, en primer lugar, el fundamento igualitario de la prohibición contra el incesto. De acuerdo a éste, el incesto ha de estar prohibido por constituir una relación erótica entre personas situadas en distintas escalas de una jerarquía de poder. ¿Es éste un principio que podríamos erigir, como diría Kant, en una ley universal? ¿Estamos dispuestos a disponer, para toda relación erótica, que ella no podrá tener lugar entre personas ubicadas en distintos lugares de la jerarquía social? Esto incluiría no sólo a jefes y subordinados, o profesores y alumnos —casos en los cuales uno podría observar que hay conflictos de interés que proveen motivos más sólidos para fundamentar moralmente la prohibición— sino también, por ejemplo, a personas más carismáticas que otras o a personas con más capital cultural que otras. Menciono estos dos casos porque, a diferencia del capital financiero, el carisma y el capital cultural son no-transitivos: si una persona rica se casa con una persona pobre la segunda aumentará su riqueza, pero si una persona poco carismática o poco culta se casa con una persona carismática o culta no por ello cambiará su condición. ¿Vamos a prohibir las relaciones entre personas más poderosas y personas menos poderosas en general? Si no estamos dispuestos a obrar de esa manera, la exigencia kantiana de que nuestros juicios sean universalizables nos debiera llevar por lo menos a reconsiderar nuestra intuición sobre la prohibición contra el incesto. De otra forma, estaremos consagrando una norma de justificación imperfecta.

Veamos ahora el fundamento libertario de la prohibición contra el incesto. De acuerdo a éste, el incesto ha de estar prohibido por crear un espacio de erotismo en un ambiente de necesidad. Los hijos necesitan de sus padres y viceversa en un sentido muy importante: en cuanto integrantes de una misma familia. Si bien el fundamento funcional —la necesidad de cuidado de la progenie— cesa de existir en el caso paradigmático que estamos considerando —esto es, en el caso de hijos mayores de edad que pueden valerse por sí mismos—, la experiencia común de la crianza crea entre progenitores y progenie un vínculo de afecto, comunidad y dependencia que simplemente anula la libertad. Como dice el refrán, uno escoge a sus amigos pero no a su familia. La familia dura por siempre. En dichas condiciones, no hay libertad, al menos no en un sentido significativo. Por ejemplo, permitir el incesto puede poner en una posición difícil a quien, estando dentro de una familia, no quiera poner en riesgo su familia al negarse a los avances sexuales de uno de sus familiares. Viceversa, prohibir el incesto facilita la posición de quien, de no estar privado de esta posibilidad, podría poner en riesgo su familia al intentar mantener una relación erótica con uno de sus integrantes. Esto nos revela dos cosas: por un lado, que dentro de la familia se vive en un estado de necesidad que disminuye la capacidad de formular decisiones libremente; por otro, que la privación de liberad que representa la prohibición contra el incesto serviría correlativamente a la protección de otros bienes.

Ahora bien, lo interesante de la justificación libertaria de la prohibición contra el incesto es que nos invita a reconsiderar nuestra concepción misma de libertad. ¿Es libre quien desea mantener una relación erótica con un pariente? Probablemente, en un sentido sicológico profundo, no. Es plausible sugerir que quien entabla una relación tal lo hace guiado por profundas motivaciones que no alcanza a comprender, con fijaciones y obsesiones que le han acompañado toda una vida y que emergen en este acto. ¿Es eso distinto, cabe observar, de cualquier otra atracción erótica? Hay personas cuya siquis les lleva a sentirse atraídos por las más diversas situaciones, tipos de personas, formas de interacción, y así sucesivamente. En muchos de estos pareciera ser que no hay otra posibilidad que caer rendidos a los pies de nuestro objeto de devoción; y en muchos de ellos ponemos en juego otros bienes tremendamente importantes, tales como nuestra fortuna o nuestra consideración social. Sin embargo, no prohibimos estos otros casos por evidenciarse una comprobable falta de libertad, ni pensamos que su eventual prohibición debiera justificarse por proteger otros bienes. Nuevamente, la falta de universabilidad del criterio anteriormente formulado nos debiera llevar a dudar de nuestro intuitivo respaldo de la prohibición del incesto.

Las carencias justificatorias de la prohibición contra el incesto nos revelan algo que debiera ser obvio. El fundamento más sólido de la prohibición contra el incesto es causal, no normativo. En otras palabras: el incesto forma parte de una serie de situaciones respecto de las cuales se nos enseña a experimentar una sensación física de repugnancia. Otros casos similares son el bestialismo, el canibalismo, y la escatofilia. El asco es una de las experiencias más fundamentales de la experiencia humana; sin embargo, su estudio y consideración es particularmente escaso. Vale la pena mencionar, para el lector interesado, los trabajos del filósofo Aurel Kolnai, y de los profesores de derecho William Ian Miller, Dan Kahan y Martha Nussbaum. El tema del asco y su rol en la fundamentación física de la moralidad excede el objetivo de este artículo. Basta con observar que si la prohibición moral, social, y legal del incesto carece de otra justificación que el sentimiento físico de repugnancia que sentimos como resultado del propio consenso en torno a dicha prohibición, entonces no es nada más que una construcción cultural, susceptible de ser moldeada. En ese sentido, nuevamente, es una intuición que ha de ser revisada y eventualmente reformulada a la luz de otros compromisos éticos más importantes, tales que como la igualdad y la libertad.

En efecto, la libertad y la igualdad pueden concurrir en defensa de lo que he llamado el caso paradigmático de incesto. Al entender la igualdad como imparcialidad exigimos a la sociedad que no consagre un único concepto de la buena vida como estándar ético. Correlativamente, al entender la libertad como autonomía creamos un espacio dentro del cual los individuos pueden decidir sobre cómo mejor vivir sus vidas sin tener que dar razones para ello. Ambas reformulaciones, como sabrá el lector, están en el centro de la teoría jurídica y política que desde Bentham a Hart ha argumentado por la descriminalización de una variedad de conductas que no dañan a nadie pero que en su momento fueran ampliamente consideradas como inmorales, desde la prostitución a la homosexualidad.

Para concluir, no todo acto erótico merece nuestro respeto. Alguien puede sentir la atracción más profunda por penetrar a otras personas mediante la fuerza, o por relacionarse con niños de 7 años. Sin embargo, como sugiriera al dejar de lado la discusión de la violación y la pedofilia, en esos casos hay motivos adicionales que fundamentan su prohibición. En cambio, el caso paradigmático de incesto que he venido discutiendo en estas líneas carece de dicha justificación.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me parece muy razonable, que no se coarte la libertad de los adultos, les una el parentesco que fuere, dos personas pueden perfectamente sentirse atraidas independientemente de lo que la sociedad diga y piense,.. Mi lema es : vive y deja vivir, siempre con respeto hacia la gente que no piensa lo mismo..