02 marzo, 2011

Partidos políticos y soberanía popular

Carlos Larraín ha sido finalmente instalado como Senador de la República en reemplazo de Andrés Allamand, recientemente nombrado Ministro de Defensa. Desde luego, sabemos que dicho proceso ha estado plagado de críticas; en gran medida suscitadas por el paradójico hecho de que, como Presidente de Renovación Nacional, el ahora Senador Larraín encabezó la crítica al mismo proceso ocurrido con ocasión de la designación como Ministra de la ex Diputada Carolina Tohá. La crítica pública ha insinuado que al carecer de una aprobación electoral, los parlamentarios nombrados por los partidos políticos no son auténticos representantes de la soberanía popular y por lo tanto son antidemocráticos. Son, como incluso el Senador Carlos Bianchi dijera, senadores designados; una expresión con una carga semántica bien precisa en el contexto de la historia política y constitucional reciente.
Ahora bien, la discusión pública de este acontecimiento ha evidenciado la incomprensión que muchos actores, incluyendo dirigentes y analistas de todos los sectores, tienen del proceso democrático y de las múltiples y complejas formas en que una democracia representativa administra ese bien escaso que es la soberanía. En otras palabras, de la filosofía política que hay detrás de la institución constitucional en cuestión. Lo primero que hay que dejar en claro es que el soberano popular es un ser ausente; que aparece muy ocasionalmente, y por lo general de formas incontenibles y disruptivas. Históricamente, el soberano popular suele aparecer en la forma de rebeliones y alzamientos, tal como la divinidad se muestra a sí misma en la forma de catástrofes naturales. La democracia representativa intenta contener y darle un cauce a dicho soberano; pero al costo de crear estructuras de representación que tal, como un acueducto, pueden pasar largo tiempo vacías. El proceso electoral y los poderes del Estado constituyen dichas estructuras de representación; y para darle institucionalización y estabilidad al proceso electoral y a la administración habitual de los poderes del Estado, surgen en la época moderna los partidos políticos. No hay democracia representativa, es decir no hay democracia de masas, sin partidos políticos, observó Max Weber. El propio Weber observaba, respecto de la democracia norteamericana, que la lógica misma de los partidos exigía ciertas prácticas como la repartición de cargos entre los propios partidarios. Sin ese tipo de sombras, las luces de la democracia representativa no serían posibles.
Los acontecimientos en Libia por estos días nos recuerdan que los críticos de la democracia representativa no han logrado elaborar un sistema de democracia directa que de manera estable permita institucionalizar la representación del soberano popular. Incluso asumiendo que los Mussolinis y Gaddafis del mundo hayan llegado al poder a hombros de un movimiento popular auténticamente representativo del sentir soberano, éstos se enfrentan al poco tiempo al mismo problema que enfrentan las democracias representativas: qué hacer cuando el soberano se ha retirado a sus aposentos. Todo indica que las alternativas son o bien el poco glamoroso sistema de partidos, o el gobierno de un general y sus asociados.

Adenda: Lo más paradojal —y altamente positivo— es que sea esta vez la derecha la que se vea en la necesidad de defender el rol de los partidos políticos en la democracia de masas. Recordemos que es ella, y no otro sector político, la que se enfervorizaba con la democracia "de auténtica participación social" anunciada por Pinochet y que, como destaca Giselle Munizaga en este clásico del análisis discursivo nacional, se construía mediante la exclusión retórica (y jurídica, no lo olvidemos) de los partidos políticos, presentados como sectarios defensores de intereses privados.
Desde luego, si el lector se pregunta por la izquierda, hay que recordar que su crítica en los 60' era conceptualmente distinta: ella cuestionaba la representatividad misma de la noción de soberanía desarrollada teóricamente por Bodino, Hobbes, et al., y encarnada en el liberalismo nacionalista y romanticista decimonónico del cual surge también nuestro país, por considerarla como la expresión de la dictadura de la clase burguesa. A dicho principio de legitimidad, el pensamiento marxismo oponía el anuncio de un nuevo principio histórico de legitimidad, la legitimidad revolucionaria, expresión política y constitucional de la clase trabajadora.
La crítica de la izquierda marxista tenía respecto de la noción de soberanía de la democracia representativa el mismo rupturismo que aquella tenía respecto de la noción de soberanía de las monarquías. En cambio, la crítica de la derecha nacionalista, aquí tanto como en Italia, España, Alemania, y otros países, es que la democracia representativa es incapaz de representar el auténtico sentir nacional; es decir, es una crítica desde dentro del paradigma de soberanía de Bodino, Hobbes, y las revoluciones liberales nacionalistas romanticistas decimonónicas.

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