25 diciembre, 2010

Arte y Derecho

No existen sujetos más disímiles en el imaginario popular que el jurista y el artista. Sus respectivas ocupaciones —la ordenación social mediante normas generales y abstractas y mediante decisiones en casos concretos, la búsqueda del goce estético mediante la creación o ejecución de obras o actos de arte— son percibidos no únicamente como distintos sino más bien como opuestos. Para nuestro imaginario colectivo, mientras que el Derecho es una fuente de orden y estabilidad, el Arte es un espacio de disrupción y cuestionamiento. Lo que en el Derecho hay de predictibilidad y certeza, en el Arte lo hay de originalidad y contingencia. Mientras que el Derecho —con su lógica de derechos inalienables y estructuras formales— tiende a la universalidad, el Arte —con su infinita multiplicidad de soportes, estilos, corrientes, y posibilidades— tiende a la fragmentación y la individualidad. En definitiva, no es exagerado sostener que en la mentalidad occidental Arte y Derecho constituyen una relación de opuestos; una disyuntiva. O se es abogado, o se es artista; y aún cuando se desempeñen ambas funciones, ellas se realizan en momentos y espacios claramente diferenciados.
La excepción a esta distinción radical entre Arte y Derecho, quizás, consiste en aquella definición de Derecho de Celso —citada por Ulpiano al comienzo mismo del Digesto— que le entiende como el arte de lo bueno y lo justo (Ius est ars boni et aequi). La pregunta es en qué medida dicho aforismo describe la concepción romana clásica del Derecho, y en qué medida la concepción contemporánea del Derecho está respecto de aquella en una relación de continuidad. La primera parte de la pregunta he de dejársela a los especialistas en la historia del derecho romano; pero, asumiendo que hubiéramos de responderla afirmativamente, mi respuesta a la segunda parte sería negativa. Ya desde la época de Justiniano el derecho pasó de ser concebido como la acción mediante fórmulas —el modelo romano clásico de adjudicación— a la implementación centralizada de normas de carácter técnico por parte del poder político. Así, de la distinción clásica entre auctoritas y potestas se pasa a la conjunción funcional de ambos elementos: el Derecho es al mismo tiempo un saber y un poder, perfección técnica y regulación coactiva. La modernidad, en cuento proceso de consolidación del Estado de Derecho y formalización del ordenamiento jurídico, perfeccionó este carácter técnico/volitivo del Derecho. Por ello, para la modernidad, sugerir que el Derecho es un arte aparece como equívoco: antes que un arte, el Derecho es o bien una técnica o bien una orden.
La radicalidad de esta oposición en el imaginario colectivo hace que resulte fructífero intelectualmente intentar su deconstrucción, explorando las simetrías entre Arte y Derecho. Futuros posts buscarán realizar esta operación y complementarla con el estudio de las relaciones que la realidad social —más allá de nuestra comprensión colectiva/subjetiva— presenta entre ambas dimensiones.

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