04 agosto, 2010

Aberrante

Francisco Javier Errázuriz, Arzobispo de Santiago, ha provocado revuelo al declarar que el matrimonio homosexual es una aberración. Esta discusión nos ofrece la oportunidad de explorar una pregunta usualmente dejada de lado: ¿qué es una aberración? En el contexto en que fueron utilizadas, las declaraciones de Errázuriz sugieren que la noción de lo aberrante forma parte del discurso moral; esto es, de aquel segmento del discurso público que califica los fenómenos que llegan a su conocimiento como morales e inmorales; como buenos y malos. Me parece plausible sostener que el discurso moral está estructuralmente construido en torno a imágenes de lo aberrante, las cuales demarcan los límites de lo moralmente aceptable. Lo aberrante habita más allá de los márgenes de la moralidad: es lo indiscutiblemente inmoral.Lo aberrante pareciera estar íntimamente ligado con la categoría de lo repugnante. En su tratado sobre la repugnancia, Aurel Kolnai observa que las fantasías de lo repugnante tienden a colocar el objeto que provoca esta reacción en proximidad inmediata al sujeto, en la esfera experiencial más inmediata. Kolnai califica esto como la paradoja de la repugnancia: tal como la ansiedad o el miedo, la repugnancia es una genuina reacción pasiva del sujeto hacia un evento que se le aproxima; pero tal como el odio, una vez provocada la repugnancia vuelva al sujeto hacia el objeto de su repugnancia. Kolnai mismo nos sugiere que una teoría ética que esté abierta a todas las tonalidades e insinuaciones de la esfera moral no dejará de reconocer la eficacia de lo repugnante en este ámbito.
A su vez, estas imágenes se condensan en torno a un sujeto: el monstruo, la imagen desfigurada del otro. Cuando queremos ubicar a un otro en las antípodas de la moralidad le desfiguramos discursivamente, exageramos sus defectos —morales y físicos—, lo despersonalizamos. Pierde su voz, su historia personal, la capacidad de generar empatía. El monstruo se construye condensando en un individuo o clase de individuos una serie de reacciones físicas y emocionales que giran en torno a la repugnancia. El monstruo es aberrante y repugnante; es censurable e indeseable. Así se han creado los muchos monstruos con los que se ha intentado poblar nuestro imaginario a lo largo de la historia: el judío, el masón, el comunista, el gay. A su vez, a través del contraste implícito en toda clasificación, la creación de monstruos nos posiciona a nosotros mismos como normales, como buenos, como deseables. Como nota al margen, podemos observar que la pintura de Francis Bacon recurre precisamente a este proceso de creación de monstruos, pero con resultados estéticamente cautivadores e incluso bellos. Es esta reivindicación estética del monstruo lo que convierte a Bacon en un autor conceptualmente vanguardista.
Ahora bien, ¿qué es lo aberrante? Para cada uno de nosotros la respuesta a estas preguntas es obvia -es decir, intuitiva- en la medida en que estemos insertos en una comunidad. La fuente de nuestro sentido de lo aberrante y de lo repugnante es la comunidad cultural en la que vivimos, constituida por diversos espacios de socialización que a lo largo de nuestra vida nos transmiten ciertos patrones de conducta que definirán nuestro sentido de lo aberrante y de lo repugnante. Esto nos lleva a preguntarnos ¿existen concepciones estables y unívocas de lo aberrante y lo repugnante? Para responder a esta pregunta, debemos distinguir entre ser participante de una práctica social y ser un observador de ella. Esta última función es desempeñada por cientistas sociales tales como antropólogos y sociólogos, quienes nos reportan que a lo largo de distintas épocas y lugares, el contenido de lo aberrante varía: lo que permanece es dicha categoría. Lo aberrante es una construcción social; sus límites y contenido están determinados socialmente.
Una sociedad puede tener límites muy amplios de lo aberrante, como en el caso de sociedades tribales, o bien muy reducidos, tal como tiende a ocurrir en las sociedades occidentales contemporáneas, de las que Chile es parte. En las sociedades occidentales esos límites se mueven constantemente, dejando fuera de sí actos que antes sancionaban con su poder castigador. La homosexualidad es un buen ejemplo: hasta hace algunas décadas, socialmente era considerada aberrante y este tabú era ejecutado mediante leyes que criminalizaban las relaciones consentidas entre adultos. Las premisas culturales sobre las que se asentaba esta criminalización de la homosexualidad han cambiado; y tanto la legislación, en países como Inglaterra y Chile, como la jurisprudencia, en Estados Unidos, han reflejado este cambio en la concepción social de lo aberrante. Es más, en este momento la legislación y la jurisprudencia en los países occidentales están en un proceso de discusión sobre la entrega de mayores niveles de protección estatal a las parejas homosexuales.
Todo esto tiene una consecuencia de importancia para la discusión presente. Cuando el Cardenal Errázuriz califica de aberrantes las relaciones homosexuales, se coloca a él mismo fuera de la comunidad que ha determinado que la homosexualidad no pertenece a la categoría de lo aberrante. Por lo tanto, se coloca en las antípodas del consenso cultural presente, y se expone a que el apelativo de aberrante le caiga a él mismo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

muy bien Fernando.
saludos
JP