28 mayo, 2010

La Transubstanciación de la Concertación

“Todos los conceptos significativos de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados” afirmó Carl Schmitt. Para quienes han seguido de cerca la discusión sobre la renovación de la Concertación, esta aserción teórica encuentra su confirmación en varias de las ideas fuerzas del debate que se ha dado a través de los medios de comunicación. El clamor por “nuevos liderazgos” crea una espacio recubierto por un aura mesiánica que aún aguarda por sus ocupantes; y la propia idea de la renovación de la Concertación replica la estructura de la transubstanciación de la hostia, que transforma milagrosamente la substancia de que ella está compuesta.

Los momentos de crisis son momentos particularmente aptos para la formulación de preguntas cargadas de sentido religioso (¿porqué a nosotros? ¿porqué ahora? ¿qué sentido tiene esto?), así como de búsqueda de soluciones que habrán de llegar de lo alto a poner fin a todas las incertidumbres. Eso lo sabemos tanto debido a nuestras propias experiencias traumáticas, como a través de las enseñanzas de la historia. Uno de los fenómenos históricos que encarna esta tendencia, el milenarismo, recibió nuevo impulso en el siglo XIX a través de la influyente traducción al inglés del libro “La Venida del Mesías en Gloria y Majestad” del jesuita chileno Manuel Lacunza, que influyó en la creación de la Iglesia Adventismo y de los Testigos de Jehová. ¿Será que Chile, tierra de catástrofes naturales y humanas, es particularmente propicio para el surgimiento de este tipo de conductas y expectativas místicas?

Así pareciera sugerirlo también el debate sobre la Concertación iniciado tras la derrota electoral de enero. Hoy esperamos que aparezcan milagrosamente –tan milagrosamente como pareciera haber surgido Barack Obama en Estados Unidos– líderes natos, éticamente puros, y dotados de la capacidad de convocar a nuevos fieles. De ellos se espera que nos lleven de vuelta al paraíso perdido, donde la Concertación no sólo era santa sino que también estaba bendita por los frutos del poder. Algunos de quienes han sido sugeridos para ocupar este sitial sagrado del nuevo líder de la Concertación comparten una característica adicional con el Rey de Reyes: son de linaje real, descendientes de gobernantes o dirigentes del pasado cuyas hazañas les dieron carácter místico. Esto ya lo vimos durante la segunda vuelta, donde los descendientes de Reyes (Lagos), Mártires (Tohá) y Profetas (Orrego) prepararon la venida del hijo del Rey Mártir (Frei).

La renovación misma de la Concertación comparte esta estructura religiosa. Se espera que el nuevo líder sea capaz de tomar a la Concertación que existe, con sus operadores políticos corruptos, sus funcionarios públicos cansados, sus juventudes partidarias estériles, y tal como a los publicanos y a las prostitutas los saque del desencanto y los conduzca a la santidad. La Concertación ha de experimentar la transformación mística que atraviesan el pan y el vino durante la misa, en que gracias al poder de la palabra cambian su naturaleza sin que su aspecto externo se modifique: es el espíritu de la Concertación lo que ha de cambiar, no su militancia ni sus estructuras; aspectos materialistas que sólo un ateo podría estar discutiendo en este momento de crisis espiritual.

Max Weber observó que históricamente todo liderazgo legítimo hunde sus raíces en un liderazgo carismático, concepto intrínsicamente religioso que otorga poderes mágicos a quien lo detenta. Sin embargo, como lo prueban dos años de gobierno de Obama, el destino de todo carisma es perder su aura mística; y su desafío es obtener su institucionalización –es decir, como señala Weber, su racionalización y burocratización– antes de perder sus poderes mágicos. La Concertación debiera darse cuenta de que en vez de buscar nuevos liderazgos mesiánicos y una renovación mágica y transubstanciadora, debiera concentrar su atención en fortalecer sus instituciones –los partidos políticos– y procedimientos –entre otros, sus primarias–.

3 comentarios:

Pablo Alfaro dijo...

Hace unos días fue noticia cómo nuevos candidatos estaban desplazando a tradicionales parlamentarios a través de las primarias en USA. Eso es algo que abre la renovación como un proceso natural, institucional, democrático. En Chile, por el contrario, con los cargos nombrados a dedo, incluso muchas veces pasando por encima de los grupos locales, los que han conquistado un puesto difícilmente lo verán amenazado.... vitaliciamente.

fernando dijo...

Bueno, lo interesante (para seguir con mi análisis) es que muchos de esos candidatos (particularmente los del Tea Party) lo han logrado mediante un discurso abiertamente teológico en el sentido de apelar a conceptos cargados de tales connotaciones, como recuperar el paraíso perdido (Estados Unidos, que aparentemente les fue robado por este presidente musulmán) o apelar a una ética del sacrificio por la cual están dispuestos a morir (y, aparentemente, a matar).

Con esto quiero sugerir que quizás el debate concertacionista no puede, en última instancia, eludir este formato teológico. Carl Schmitt mismo tenía esa conclusión, que expresaba en su concepto de la política como un espacio de sacrificio (esto es, como la lucha entre amigos y enemigos). Y en esas circunstancias, la pregunta es qué concepto teológico cuadra con una ética de centro-izquierda. Creo que ni el mesianismo ni la transubstanciación (el cambio milagroso) son compatibles con la centro-izquierda, mientras que el sacrificio sí lo es. La Concertación tiene que hacer sacrificios para recobrar su sitial, y tiene que perdirle sacrificios al pais para alcanzar la justicia social (otro concepto altamente teológico).

Anónimo dijo...

MÁS DEMOCRACIA Y DE MEJOR CALIDAD PARA NUESTROS PARTIDOS.
GRAN COLUMNA.
UN ABRAZO
MA