09 mayo, 2010

De frecuencias, redes, y otras hierbas

El panorama político post-eleccionario del centro hacia la izquierda ha estado lleno de escaramuzas, intentos de realineamiento y frondas de varios tipos. Todos tienen, sin embargo, un común denominador: el intento por interpretar el significado político de la competencia presidencial y sus resultados, que han leído como una petición por una “renovación de la política” que, en definitiva, es entendida como la aparición de “caras nuevas”. En la Concertación el mejor ejemplo de esto ha sido la comedia de equivocaciones protagonizada por Fulvio Rossi y Carolina Tohá; y entre las huestes que apoyaron a Marco Enríquez, el esfuerzo por darle orgánica y permanencia en el tiempo a la euforia de su campaña presidencial. Un tercer frente de reordenamiento se ha abierto en los esfuerzos por parte de grupos de profesionales jóvenes por crear nuevos espacios de participación ciudadana: me refiero a Frecuencia Pública y Red Liberal.

Dichos grupos, si bien integrados por distintas personas y organizados en torno a visiones de la sociedad aparentemente distintas, se caracterizan por tener un mismo objetivo. Ambos se presentan como organizaciones distintas de los partidos políticos, “ciudadanas”, pero capaces de enfrentar las discusiones de opinión y política pública que según su análisis los propios partidos han dejado de lado. En otras palabras, pareciera ser que su norte es no renunciar a la política, pero sí utilizar un camino alternativo a los partidos políticos para realizar tal labor; política sin partidos.
Desde luego, esta no es una mala idea: el espacio político y cultural para ello existe, y en última instancia toda iniciativa que reivindique el papel de lo público en esta época de individualismo neoliberal ha de ser bienvenida. Sin embargo, precisamente por la importancia de la esfera pública, toda iniciativa en este espacio ha de ser bienvenida de la manera en que la modernidad se ha construido a sí misma: a través de la crítica. Dado que Frecuencia Pública (FP) y Red Liberal (RL) recibirán aplausos en muchos otros espacios, en esta columna aprovecharé de criticarles por lo que me parece el principal riesgo de su modelo de política sin partidos: el elitismo social.
Lo primero que corresponde es definir este concepto. ¿Qué es el elitismo social? Para los efectos de esta columna, entenderé por tal la concentración de la participación política entre quienes tienen poseen un alto capital cultural, social, y simbólico. FP y RL, tal como Independientes en Red o Expansiva antes que ellos, son grupos altamente elitistas en ese sentido. En ellos, al capital cultural y social generado por la asistencia de sus convocantes a los colegios y universidades más exclusivos del país se suma el capital simbólico ganado por los coordinadores más conocidos de estos grupos –Sebastián Bowen y Cristóbal Bellolio– al haber participado en las candidaturas presidenciales de Frei y Enríquez.
Esta referencia biográfica tiene algo que ver con la crítica de mi columna. Entre los organizadores de FP y RL la desconfianza de partidos no es nueva. Ella pareciera haberse cultivado en la Universidad Católica (UC), donde varios de ellos participaron en el movimiento universitario Opción Independiente (OI), que se caracterizaba por su crítica hacia la participación de los partidos políticos en la política universitaria. En esto, la hegemonía cultural del gremialismo en la UC se hacía notar: si bien la OI rechazaba la critica gremialista a la política, y no dudaban en caracterizas la labor de los centros de estudiantes y de la federación como una actividad política, la OI sí aceptaba el rechazo gremialista hacia la presencia de los partidos políticos en dichos ámbitos. Ese es un dato genealógico importante, pues la estrategia misma de FP y RL –política sin partidos– data de ese rechazo universitario hacia los partidos.
¿Cual es el problema de este rechazo o distancia discursiva hacia los partidos? En el mundo del centro y la izquierda, los partidos políticos históricamente han sido una fuente de participación de las clases populares; es decir, de aquellos que no pertenecen a la élite y carecen de su capital social y cultural. Es más; como sostiene Sofía Correa en su libro “Con las riendas del poder. La derecha chilena en el siglo XX”, en Chile fue el ingreso de las clases medias y trabajadoras lo que forzó el alineamiento de los partidos políticos en torno al eje derecha-izquierda que hasta el día de hoy perdura. Los partidos políticos de centro e izquierda rompieron con el monopolio de la participación política que la élite mantuvo a lo largo de todo el siglo XIX.
Uno podría objetar a mi crítica que la baja en la participación en partidos políticos durante las últimas dos décadas respecto de la participación en décadas anteriores, tanto en términos totales como relativos, invalida el argumento de que los partidos políticos de centro e izquierda son espacios de participación popular; es decir, de participación de quienes no son miembros de la elite. FP y RL, en ese contexto, aparecerían como vehículos de inclusión por su naturaleza “ciudadana”. Sin embargo, me parece que esa objeción no es persuasiva.
En primer lugar, pese a presentarse que FP y RL se presentan como vehículos de “participación ciudadana” –un concepto todavía no definido satisfactoriamente–, no suena convincente que FP, RL, o cualquier otro grupo de esta naturaleza alcance a tener el numero de participantes y la extensión territorial que cualquier partido político tiene. Los partidos políticos siguen siendo el vehículo de participación política más importante en nuestra sociedad, incluso pese a su propia disminución. Sin duda, FP y RL tienen mas cobertura de prensa que varios partidos en términos relativos. Considerando que son grupos que probablemente no alcancen el medio centenar de personas, es sorprendente la cobertura que la prensa les ha dedicado. En ello, la hábil utilización del capital social y simbólico que poseen ha de ser vista como la principal causa.
En segundo lugar, porque los partidos políticos siguen siendo estructuras más abiertas a la participación popular que FP o RL. Esto se debe a que FP y RL están constituidos en torno a funciones que requieren la posesión de capital cultural y simbólico por parte de quienes quieran sumarse: la generación de opinión publica y de políticas publicas. Alguien que carezca de los estudios y destrezas sociales que poseen los convocantes de FP y RL difícilmente podrá jugar ese juego.
Ahora bien, mi critica a FP y RL tiene que ver con un problema de mayor alcance: el carácter de las instituciones políticas en una democracia inclusiva. Ya Max Weber en “La Política como Vocación” destacaba el papel que la repartición de prebendas de diversos tipos ha jugado en la legitimación de los partidos, y a través de ellos del sistema democrático, desde la época del primer partido político moderno, el partido Democrático-Republicano de Andrew Jackson. En la misma línea, Julio Faúndez ha argumentado en “Presidentialism and Democracy in Latin America” que durante la vigencia de la Constitución de 1925 el Congreso garantió arraigo para el sistema político legislando sobre beneficios para particulares, una práctica que la Constitución de 1980 logró bloquear. Todo esto dista de la visión glamorosa de la política que organizaciones como FP y RL transmiten. Aun así, en sociedades de clases como la nuestra donde la distribución del capital cultural es radicalmente inequitativa, la política no sólo ha de intentar eliminar las desigualdades sino también adecuar sus estrategias de representación a quienes menos tienen.
En resumen, me parece positivo que FP e RL existan; la importancia de las labores que pretenden realizar es innegable, y los puntos de vista que en ellas habrán de proponer coinciden en gran medida con mi propia forma de ver la sociedad chilena. Sin embargo, me parece que la bienvenida a estos grupos ha de estar acompañada de una crítica de la estrategia política que ellos encarnan. Fair game, right?
(columna escrita para http://blog.delarepublica.cl)

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