16 abril, 2010

Respuesta a Cristóbal Orrego

Dado que Cristóbal Orrego me menciona tangencialmente en su carta del Viernes 16 del presente, quisiera aprovechar la ocasión para aclarar algunos conceptos de importancia en la discusión pública.
Es posible interpretar la carta de Orrego como un esfuerzo por poner en perspectiva las sospechas de pedofilia de que han sido objeto, sucesivamente, célibes y homosexuales. De alguna forma, su argumento sitúa a estos dos grupos como víctimas de la persecución social, como minorías en necesidad de defensa y explicación. Al respecto, hay que enfatizar que el concepto de minoría pertenece a la teoría social, no a la estadística. Minoría no es aquel grupo que cuenta con pocos integrantes; sino aquel sector de la sociedad que carece de capital social y financiero, que carece de acceso a los núcleos de poder, y que se encuentra en una situación de subordinación respecto de otros grupos sociales. Bajo esta noción los grupos gay, lésbicos y transexuales son minorías, mientras que los grupos célibes –los sacerdotes y los integrantes de prelaturas personales de la Iglesia Católica– no lo son.
Y en ese sentido, resulta paradojal que Orrego califique de “poderoso” a lo que él llama el “lobby gay”. En nuestro país los grupos célibes en cuestión cuentan con universidades situadas en la cumbre de lo que se ha venido en llamar la “cota mil” y con amplio acceso a los medios de comunicación; así como con la simpatía de grupos financieros y bancadas transversales de parlamentarios. En cambio, el “lobby gay” se reduce a una institución, el MOVILH, que como muchas otras organizaciones sociales de pocos recursos funciona en una sede cedida por el Ministerio de Bienes Nacionales. Su “poderoso” lobby se limita a la capacidad de articular propuestas de política pública con organismos públicos, de manera tan pública como lo permite la escasa cobertura de prensa que obtienen.
Quizás aún más preocupante es que en manos de Orrego, el “poderoso lobby gay” ocupe el lugar que en tiempos anteriores ocuparan masones, judíos o comunistas: el de silenciosos orquestadores de la corrupción moral de la sociedad. Este discurso conspirativo históricamente ha servido para etiquetar, transformar en "el otro", y perseguir a muchos grupos sociales, étnicos, políticos o religiosos.

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