12 febrero, 2010

Sobre la proposición “ser director de una empresa no es lo mismo que ser dueño de aquella” (y a propósito del nuevo Ejecutivo)

Ante la conformación del nuevo Ejecutivo, cuya cabeza (Sebastián Piñera) y plana mayor (el Gabinete) ya están definidos, surge la pregunta sobre la existencia de conflictos de intereses entre aquellos y las actividades reguladas que caen bajo su jurisdicción. Al poco pudoroso despliegue de intereses que trae bajo el brazo nuestro Presidente electo cual marraqueta mohosa, se agregan casos de laboratorio como los de Jaime Mañalich, Ministro de Salud y hasta el día de hoy Director de la Clínica Las Condes, o de Alfredo Moreno, nuevo Canciller y que estuviera a cargo de la expansión internacional de Falabella. Desde luego, el hecho de que Mañalich y Moreno no sean dueños de dichas empresas sino que hayan simplemente desempeñado cargos directivos debiera aminorar el peso de una eventual acusación de incompatibilidad de intereses con sus nuevos cargos. ¿O no?
Esta objeción hay que leerla a la luz la fase actual de desarrollo del capitalismo. En ésta, la propiedad de las empresas se encuentra dispersa entre incontables accionistas. A consecuencia de ello, paradoja de paradojas, en muchos casos los propietarios mismos de dichos “medios de producción” se encuentran “alienados” respecto de ellos; tal como según el clásico análisis de Marx, el trabajador se encuentra respecto de los frutos de su propio trabajo.
En la fase actual de desarrollo del capitalismo, quien suele estar en mayor condición de identificarse con tales medios de producción es la figura del “capitán de empresa”: el director o ejecutivo. Este personaje es usualmente el único de quien puede decirse con propiedad que desarrolla un interés personal en el destino de su creación. El capitán de empresa, tal como el capitán de guerra de la Italia del siglo XVI, invierte sus talentos y prestigio en una actividad que, si bien realizada a nombre de otros, encuentra como único rostro visible el suyo propio.
Que la polvareda no nos confunda: el alto ejecutivo o director de empresas no es un asalariado con un sueldo millonario, sino más bien el único participante de la empresa contemporánea que no se encuentra alienado respecto de su trabajo, y que a través de aquel puede dar expresión a su personalidad. El dueño de un paquete accionario puede desligarse fácilmente de su propiedad y mediante ello de sus intereses en ellas, siempre que se lo proponga; el caso de Piñera muestra lo difícil que para algunos ello resulta. En cambio, el capitán de empresa, aunque renuncie a su función anterior, permanece identificado biográficamente con ella.
En consecuencia, al criticar y eventualmente regular la incompatibilidad de intereses, la política y el derecho contemporáneos han de abandonar el paradigma decimonónico de la propiedad de los medios de producción y adoptar un nuevo enfoque que de cuenta del rol central que el capitán de empresa juega. Regulaciones que impiden a los reguladores ejercer funciones en el mercado regulado durante cierto plazo después de su salida de funciones reguladoras son un ejemplo correcto. Es lamentable que, al escoger cargos de confianza exclusiva de su nueva función, Piñera haya preferido obviar estos estándares de ética pública. No es, sin embargo, una sorpresa: él mismo ha rechazado someterse a ellos.

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