12 febrero, 2010

El gabinete “apolítico”, ¿presagio de fracaso político?

La prensa de opinión se ha llenado de declaraciones de buenos deseos para el Gabinete que junto a Piñera iniciará sus funciones el 11 de Marzo próximo. Tales comentaristas debieran abstenerse de formular tantos deseos a diestra y siniestra. “Desear” es un resabio de chamanismo, de pensamiento mágico; de creer que si uno “desea” con intensidad un cierto algo, ese algo va a ocurrir. Desde luego, nuestro lenguaje cotidiano le asigna otra función al concepto de “desear”, esto es el de expresar o manifestar afecto. Cuando le “deseamos” un buen día a alguien, en realidad le estamos performativamente expresando nuestra buena voluntad a ese alguien. Pero eso sólo funciona con quienes tenemos afecto. A menos que la prensa de opinión y los comentaristas de contingencia hayan perdido el sentido de la proporción, bueno sería que dejaran de “desearle” suerte al gabinete y se concentraran más bien en analizar seriamente los conflictos de intereses anidados en aquel, así como las debilidades de su composición preeminentemente gerencial.
En este blog, hemos prestado anteriormente atención a los nacientes conflictos de intereses de los futuros ministros. En esta oportunidad le daré un vistazo a las debilidades políticas del nuevo gabinete ministerial. Desde luego, lo que salta a la vista en un gabinete gerencial –y la propia dirigencia de derecha había previsto, con anterioridad al anunciamiento presidencial– es la débil “muñeca” y experiencia política de los nuevos ministros. Una cosa es desempeñarse hábilmente como abogados, gerentes, docentes, dentro de las reglas establecidas de un orden social determinado (el foro, la empresa, la sala de clases). Otra cosa distinta es desempeñarse hábilmente en aquel espacio donde las reglas que dan origen a dichas esferas se negocian, se delibera sobre ellas, se vota sobre ellas, y están constantemente sujetas a revisión. El riesgo de poner a cargo de un ministerio a un cincuentón acicalado con menos experiencia política que un dirigente universitario, es evidente.
Ahora bien, además de esa debilidad el gabinete gerencial posee una segunda, menos visible a primera vista. La premisa a la cual se hace evidente es la siguiente: el éxito o fracaso político de un presidente puede juzgarse a la luz de su capacidad de instalar como su sucesor a uno de sus colaboradores directos. Esto, porque la continuidad de largo plazo de las políticas implementadas por el ejecutivo depende en gran medida de la cercanía de quienes le suceden. Así es posible establecer un continuo, donde el ideal es que uno de sus ministros (definidos por nuestra Constitución como “colaboradores directos” del Presidente) o el Vice Presidente (si incluimos, por ejemplo, a Estados Unidos) sea quien suceda al Presidente, mientras que el fracaso absoluto consiste en que ninguno de quienes compitan por la sucesión se identifiquen con el Presidente saliente. En este sentido, presidentes políticamente exitosos han sido Eduardo Frei, sucedido por su Ministro de Obras Públicas Ricardo Lagos; Ricardo Lagos, sucedido por su Ministra de Salud y de Defensa Michelle Bachelet; o Ronald Reagan, sucedido por su Vice Presidente George H. W. Bush; o incluso Néstor Kirchner, sucedido por su esposa Cristina Fernández. De rango medio es aquel Presidente que no ve a ninguno de sus colaboradores directos competir por la sucesión, pero sí a algún miembro de su coalición; como por ejemplo, George W. Bush o Michelle Bachelet. Si dicho miembro de su coalición triunfa, estamos igualmente frente a un presidente exitoso; si pierde, estamos frente a un presidente fracasado, incapaz de traducir en resultados electorales su propio gobierno. Un fracaso absoluto es el de Carlos Ibáñez, que no fue capaz siquiera de ver a algún partidario suyo entre quienes competían por sucederle.
Desde luego, este éxito o fracaso depende de una serie de circunstancias. No es algo que se resuelva dentro de los tres meses anteriores a las elecciones. El Presidente ha de tener esto en mente desde el día en que triunfe en las elecciones, dado que los liderazgos de continuidad no surgen de la noche a la mañana. Lo más importante es que escoja a sus colaboradores directos pensando en esta eventual continuidad; en abrir el juego para que alguno de sus ministros cobre alas propias. Para lograr esto, el Presidente ha de tener mirada de largo plazo y no temer a que sus colaboradores tengan “agenda propia”, como se acostumbra decir.
Y es aquí donde, con su gabinete gerencial, Piñera se farreó tanto la oportunidad de renovar los liderazgos de la derecha como de generosamente compartir la pelota con nuevos jugadores. Piñera privilegió nombrar a sus amigotes de Economía UC de hace 30 años y a sus socios comerciales por sobre nombrar sólo ministros con “futuro político”, entendiendo por tales personas ya reconocidas como líderes políticos pero que hasta el momento no habían tenido acceso de primera línea al proceso político. En esta categoría sólo entran Ena von Baer y Felipe Kast. Todo el resto, y salvo algún imprevisto (los cuales, desde luego, ocurren en política) son personas a las cuales ya se les pasó el cuarto de hora dado que carecen de redes partidarias que les vayan a dar juego.
Este tipo de ministros, desde luego, no le van a hacer sombra a Piñera y probablemente cumplirán al pie de la letra lo que éste les pida. Pero no le dan continuidad de largo plazo a la derecha. Estoy dispuesto a pronosticar que ninguno de los miembros de este gabinete va a ser candidato presidencial en el próximo ciclo. En este sentido, el gabinete de Piñera nos recuerda al de Michelle Bachelet; cuyo estilo de trabajo con los ministros fuera definido por la prensa en su momento como secretista y paranoico, y que sin duda pavimentó el camino para su fracaso políticamente hablando según el concepto aquí expuesto. Sin duda, esta debilidad política del gabinete gerencial es una muy mala noticia para la derecha. Pero, a contrario sensu, es muy buena para la oposición. El desafío de aquella será generar liderazgos presidenciales desde la invisibilidad que da ser oposición; algo que la derecha sólo logró haciendo correr al dueño de un canal de televisión.

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