26 septiembre, 2009

Centro Político

El senador Adolfo Zaldívar aparentemente se sintió interpelado por mi carta sobre la cultura política de los tres tercios y la necesidad de construir mayorías progresistas. Sin lugar a dudas, es positivo que un parlamentario responda a los cuestionamientos de un simple ciudadano; como dice el dicho, al que quepa el sayo que se lo ponga.
El senador Zaldívar reformula mi planteamiento en la forma de una acusación de la que él sería responsable: "sostener la necesidad de la existencia del centro político". Tal es una errónea formulación, pues como intenté dejar en claro en mi carta, cada una de las sub-culturas políticas usualmente denominadas "tercios" existen y perviven no porque el observador lo desee, tal como tampoco desaparecen porque uno lo desee. Son fenómenos históricos y sociológicos obstinados y resilentes. Por eso, tampoco uno se los puede apropiar a mera voluntad; es necesario observarlos e intentar representarlos con la mayor fidelidad posible. En este sentido, hay que tener presente algo que el Senador Zaldívar deliberadamente ignora hoy: si existe algún cambio en el panorama durante las últimas dos décadas es la paulatina consolidación de un electorado explícitamente concertacionista, erosionando las fronteras entre centro e izquierda.
Ahora bien, por lo que respecta a su anuncio de que sus resultados en la próxima elección parlamentaria pondrán fin a la Concertación, todo indica que es una afirmación que ni siquiera el senador Zaldívar parece creer. No se puede interpretar de otra forma su rápida retirada de la elección presidencial. Como dice el proverbio inglés, "actions speak louder than words".

23 septiembre, 2009

Navarro y los Tres Tercios

Alejandro Navarro, tras haber declinado su candidatura presidencial por motivos todavía no completamente claros para la ciudadanía, declaró a El Mercurio que "El 14 de diciembre se va a establecer una nueva fuerza progresista que va a reponer los tres tercios". La poca claridad política que ha animado a la mayoría de los descolgados de la Concertación se transluce nítidamente en estas palabras.
En efecto, si bien unos pocos se han sumado a la candidatura de derecha, la mayor parte de los otrora díscolos han intentado revivir el esquema político de los tres tercios. Ya sea desde el centro o desde la izquierda, esta ha sido la meta de Zaldívar y Mulet, Enríquez Ominami y Ominami, y Navarro. Pareciera ser que detrás de este comportamiento hay más rencores y resentimientos personales que reflexiones acabadas sobre la realidad política reciente. Todos ellos comparten un discurso victimizado, donde el motivo reiterado es la falta de espacios para el desarrollo de sus liderazgos (como si en política cada uno tuviera una especie de derecho adquirido a ser líder).
Lo peligroso es que en su delirio amenazan con llevarse por la borda una de las grandes conquistas políticas del Chile reciente. La cultura política chilena se caracteriza por la resilencia de sus sub-culturas, expresadas en los ya mencionados tres tercios; no importa cuanto se esfuerze uno, es imposible hacer desaparecer a cualquiera de los otros tercios, aun cuando tenga pésimos resultados electorales (la derecha en 1965) o sea víctima de una persecución represiva (la izquierda en los 70'). Un determinado tercio puede cambiar de manos (por ejemplo, del radicalismo a la DC), pero no va a dejar de ser ese tercio para pasar a sumarse a otro.
En ese contexto, la incapacidad o la falta de voluntad de crear mayorías que incluyan a dos tercios no tan sólo ponen en riesgo la gobernabildad sino, aún más básicamente, la capacidad misma de llevar a cabo los cambios sociales que Chile necesita. Después del fin de la era radical, la inexistencia de tales mayorías permitió que llegaran a la Presidencia dos "independientes" (Ibañez y Alessandri) y que los dos gobiernos progresistas (Frei y Allende) fracasaran finalmente en su objetivo de conciliar progreso social y democracia. Sólo la creación de dicha mayoría social y política que es la Concertación permitió restablecer pacíficamente la democracia y avanzar -a veces modestamente, a veces con una claridad sorprendente- en el establecimiento de mayores niveles de justicia social y de libertades públicas. Eso es la Concertación. Serán los descolgados de ella quienes tengan que rendir cuentas con la Historia.

16 septiembre, 2009

Asesinato en New Haven

Harold Koh, el anterior Decano de Derecho tenía entre muchas otras frases listas para cada ocasión la siguiente: New Haven es una ciudad chica con problemas de ciudad grande. Pobreza, segregación social y racial, inmigrantes, violencia policial, y sobre todo, delincuencia. Esos problemas de ciudad grande presentan una gran oportunidad en Yale para salir de la torre de marfil, y a su vez han generado un tipo de comunidad muy especial. Por un lado, la universidad en general y sobre todo la Escuela de Derecho están involucrados a fondo con proveer soluciones a dichos problemas: desde proveer asistencia jurídica a inmigrantes hasta invertir en la renovación de sectores suburbanos. Por otro lado, la comunidad estudiantil constantemente se ve golpeada por actos delictuales y correlativamente, inundada por recomendaciones de cuidado. Ser estudiante en Yale implica cargar en tu mochila algo de temor.
El reciente asesinato de Annie Le encaja con esa mochila de maneras quizás bastante predecibles. El nivel de miedo ha aumentado, desde luego. Vengo de encontrarme en un minimarket con una amiga a la que, después de preguntarle a la pasada cómo estaba, me respondió de manera bastante tensa algo así como "Bien. ¿Así tengo que responder, cierto?". A eso le siguió una larga conversación sobre sus temores, sus hábitos, su vecindario, y así sucesivamente. Ha aumentado a niveles absurdos el nivel de policías de Yale (Yale tiene policía) dando vueltas durante el día en sus bicicletas. Los buses de la universidad (Yale tiene buses) han retomado la costumbre de esperar a que uno entre a su casa cuando es de noche. Y han habido varios encuentros con autoridades para hablar sobre los niveles de seguridad.
La verdad es que, tal como ha repetido reiteradamente la policía, este fue un hecho aislado que no parece estar en condiciones de repetirse. Sin embargo la reacción de muchos –y quizás no puede ser de otra manera– ha sido un ansioso y probablemente innecesario aumento en las medidas de seguridad. Lo que, por cierto, no está mal pues como he dicho New Haven es peligroso, y contra ello más vale precaverse. Mi punto es que más allá de las reacciones particulares y previsibles que esto ha desencadenado, lo realmente interesante es ver qué dicen esas reacciones sobre este grupo humano, qué tipo de reacciones son esas, cómo se explican. El asesinato de Annie Le es comparable al 9/11 en que ambos fueron golpes dados dentro de los muros que protegen al grupo en cuestión. Annie Le trabajaba en un edificio donde para acceder a cada sala hay que utilizar una credencial personalizada. ¿Quién me garantiza que a mí no me va a pasar algo parecido? Esa es la pregunta que ronda en la mente de muchas y muchos. Con todo, la experiencia ha distinguido a Yale de otros posibles grupos humanos y particularmente de los Estados Unidos como nación tras el 9/11. La primera reacción fue de recogimiento, y el escenario fue la explanada en Cross Campus donde el rector Richard Levin nos recordó que somos una comunidad, unida por nuestra búsqueda del entendimiento, y consciente de que hay cosas que van más allá de nuestra comprensión.