12 mayo, 2009

Jaime Guzmán y su noción de individuo

La enseñanza del derecho en la Universidad Católica padece de numerosos males. Algunos de ellos están relacionados con la metodología jurídica; sin embargo, en ello no difiere mayormente de otras universidades, y ese problema resulta de interés únicamente para los profesionales del derecho. Para el interés público resulta mucho más interesante fijar la mirada en algunos de los conceptos fundamentales que la tradición formativa inaugurada por Jaime Guzmán inculca a través de diversos cursos y que integran el ideario conservador de la derecha chilena.

En efecto Guzmán, nutriéndose de varias fuentes por la vía oral –particularmente del corporativismo tradicionalista mediante Osvaldo Lira y del liberalismo hayekiano a través de los 'Chicago Boys'– acumuló una serie de conceptos que con una habilidad pocas veces vistas en nuestra historia instaló de manera bastante exitosa en el imaginario social. Estos conceptos sirvieron para dotar de retórica al gremialismo en la UC desde fines de los 60', para crear un discurso de oposición a los cambios estructurales promovidos por los gobiernos de Frei y Allende, para justificar el Golpe de Estado de 1973, para dar forma al ideario de la dictadura, para redactar la Constitución de 1980, y para dotar de contenidos a la UDI. 
Todos ellos, además, son enseñados a los alumnos de la Universidad Católica en la Escuela de Derecho, particularmente a través de la asignatura de Derecho Constitucional, ramo que Guzmán mismo enseñara hasta su muerte y cuyas clases han sido resumidas por el activista y docente universitario Gonzalo Rojas en un libro de apuntes. El núcleo en torno al cual gira el ideario "gremialista" empleado en todas aquellas instancias es una versión bastante distorsionada de la enseñanza social de la Iglesia resumida en la idea-fuerza de la 'subsidiariedad'. A diferencia del pensamiento oficial de la Iglesia, que enlaza la idea de subsidiariedad con la de solidaridad, la versión gremialista de este principio enfatiza la dimensión estrictamente individual a través de un uso pseudo-científico de categorías filosóficas premodernas, intentando dotar a la visión del hombre y la sociedad de la derecha de un soporte teórico o, al menos, retórico.

El principio de subsidiariedad, tal como lo enseñara Jaime Guzmán y pasara a sus herederos, sostiene que la sociedad consiste en sociedades de diversos tamaños construídas por individuos. Es decir, los individuos crean sociedades, algunas de ellas 'voluntarias' y otras 'naturales', las cuales a su vez componen o son supersedidas por otras sociedades mayores. La subsidiariedad aquí establece esferas de competencia para cada una de ellas: las sociedades mayores no deben intervenir en el funcionamiento de las menores, y éstas a su vez no deben intervenir en las decisiones individuales. Traducido al lenguaje de las políticas públicas, el mensaje es claro: el Estado debe intervenir al mínimo en las relaciones entre privados, los partidos políticos deben ser mantenidos bajo sospecha por su tendencia a 'instrumentalizar' a otros organismos, los cuerpos intermedios como sindicatos no deben interferir en las decisiones libres de los individuos. A su vez, todo ello recibe jerarquía constitucional: el artículo 19 No. 21 establece como una garantía (!) que el Estado no intervendrá en la economía salvo calificadas circunstancias, el artículo 19 No. 15 prohíbe a los partidos políticos "intervenir en actividades ajenas a las que le son propias", concepto que sus leyes complementarias concibe de manera muy restrictiva, y el artículo 19 No. 16 establece taxativamente como un derecho la no sindicalización.

El fundamento de esta teoría es lo que Guzmán llama la "primacía ontológica y teleológica del individuo". Por primacía ontológica, Guzmán se refiere al hecho de que la sociedad es, siguiendo apuradamente a Santo Tomás, un "accidente de relación" que no subsiste en sí mismo sino en la substancia de que está formada, los individuos. En otras palabras, la sociedad no existe en sí misma, pero los individuos sí. En cuanto a la primacía teleológica, Guzmán acude a conceptos religiosos para afirmar que el individuo no se agota en su existencia terrenal mientras que la sociedad sí.

El segundo argumento no merece comentarios por ser poco serio. El primero es mucho más interesante, pues revela cómo la derecha chilena se involucra en el importante debate sobre la noción de sujeto. La noción de "sujeto" o "individuo" ha sido incrementalmente puesta en tela de juicio por las ciencias sociales y las humanidades durante el siglo XX, bajo la acusación de no ser sino una construcción histórica que distorsiona nuestra comprensión de dicho fenómeno. Ya Emile Durkheim, en "La División del Trabajo en la Sociedad" afirmaba que en sociedades menos complejas el individuo no está reprimido sino que "simplemente en aquella etapa de la historia éste no existe"; así como que, si bien es cierto que los individuos forman las sociedades, éstas a su vez "reaccionando sobre las conciencias de los individuos, en su mayor parte le dan forma a éstas". El revolucionario trabajo de Freud llevaría más adelante esta deconstrucción del concepto de sujeto; en efecto, Freud compadece al sujeto por haber sido víctima de sucesivos y bruscos des-centramientos a manos de Copérnico (quien prueba que su planeta no es el centro del universo), de Darwin (quien prueba que su linaje no es único sino que está emparentado con las demás especies animales), y de él mismo (quien prueba que el individuo no es el amo ni siquiera en su propio hogar: no es el consciente sino el subconsciente quien guía su destino). Foucault, entre muchos otros, llevó adelante la agenda de descentramiento del sujeto; Foucault llegó a afirmar que el objetivo de sus trabajos era "crear una historia de los diferentes modos mediante los cuales, en nuestra cultura, los seres humanos son convertidos en sujetos".

En efecto, es difícil sostener con la soltura de cuerpo que lo hacía Guzmán que los individuos tienen "prioridad ontológica" sobre la sociedad: al cuestionamiento freudiano sobre el lugar que el consciente tiene en relación al subconsciente, debemos sumarle el hecho epistemologico de que el cristal a través del cual el individuo percibe la realidad es el resultado de un largo proceso de socialización e inserción cultural. El mundo adquiere sentido a través de la adquisición de una serie de gramáticas, destrezas, presupuestos, que dan forma a nuestro sentido de la realidad. El individuo no es una "piedra perdida", usando una imagen de Neruda; está íntimamente ligado a la comunidad en la cual emerge. Como es evidente del uso que Guzmán hace de éste, del concepto de sujeto que se tenga surgen numerosas consecuencias político-jurídicas, particularmente sobre la distribución de bienes dentro de la sociedad o los estándares de responsabilidad penal, entre otros. Fijar la mirada sobre las ideas que pueblan nuestro imaginario es un ejercicio de la mayor importancia, pues a través de ellos se estructura y justifica el ejercicio del poder.