28 febrero, 2008

Divorcio y moral

A raíz de la reciente discusión en El Mercurio, quisiera hacer algunos comentarios sobre el divorcio. Creo que una sociedad respetuosa de los individuos que viven en ella y comprometida con su bienestar debe contemplar el divorcio en su legislación, so pena de tornarse intolerable para ellos en ausencia de esta herramienta jurídica. Por esto, me sorprende la liviandad con que algunos califican de inmoral al divorcio.Usualmente el conservadurismo católico reclama que al existir divorcio se le niega al católico su libertad de conciencia. Descartemos de inmediato cualquier argumento que invoque motivos religiosos; la religión tiene derecho a tener un espacio en la sociedad, pero no puede pretender dictar soluciones al Estado, que en la Epoca Moderna se ha emancipado de ella (desde Maquiavelo? Desde Hobbes? Desde la Revolución Francesa?).

En todo caso, la discusión no es sobre si Pedro, Juan o Diego deben divorciarse contra su voluntad: la discusión es sobre si una sociedad debe disponer de ese mecanismo para sus ciudadanos. Quiero sostener que la moral nos exige, precisamente, que esto sea así, pues el divorcio tiene por objeto poner fin a situaciones inmorales dentro de una relación matrimonial.

El lector debe estar ya familiarizado con el argumento de que el divorcio puso fin a una mentira, las nulidades matrimoniales. Por lo demás, ellas estaban al alcance sólo de quienes podían pagar costosos abogados, lo que agravaba la inmoralidad de la mentira -puesto que el mero hecho de tener dinero no es un argumento para reconocer una titularidad sobre bienes sociales más extensa a quienes disponen de él-.

Permítaseme aclarar que no creo que todo sea moralmente irrelevante o indiferente; en efecto, creo que existen numerosos actos que deben ser indicados como inmorales. Entre ellos destacaría la traición, el engaño, la violencia, el maltrato sicológico, la humillación, el robo. Estas actitudes violentan particularmente nuestro sentido de la moralidad cuando se producen dentro de una relación matrimonial, pues naturalmente los contrayentes depositan mayor confianza en su pareja. Ahora bien, precisamente es aquí donde paradójicamente el divorcio adquiere un valor positivo moralmente, pues provee de una solución jurídica a aquellos matrimonios que han fracasado por aquellos actos inmorales, como los ya mencionados, cuando ha sido cometido por alguno de los cónyuges contra su pareja.

La paradoja es precisamente esta: no sólo el divorcio no es inmoral, sino que por el contrario pone fin a inmoralidades. En el mundo real, de segundas opciones y recursos escasos, esto es bastante cercano a afirmar que la existencia del divorcio es una necesidad moral.

26 febrero, 2008

Práctica Judicial e Injusticia 2

En respuesta a mi defensa de la práctica en la Corporación de Asistencia Judicial (CAJ), Álvaro Ferrer escribe sobre "la gravedad de disolver un vínculo jurídicamente válido", y critica que el divorcio implique "realizar actos que, a sabiendas, faltan a la verdad". Honestamente, de la compleja redacción del señor Ferrer es difícil deducir si se refiere al divorcio que la actual legislación dispone a las partes de un matrimonio o está hablando del antiguo juicio de nulidad.

Asumiendo que estamos hablando de lo mismo, debiera sencillamente recordarle que el divorcio es una solución necesaria y justa para los conflictos matrimoniales. Así lo creo yo, así lo creyeron los legisladores en su momento y así lo cree la mayoría de los chilenos y la totalidad de los estados a nivel mundial que contemplan el divorcio en su legislación. Y a sabiendas de que el señor Ferrer tiene problemas con los argumentos que involucran mayorías, le aclaro el sentido de esta mención: quien tiene la carga de la prueba es quien desea argumentar en contra de la existencia de dicha solución en nuestra legislación.

En todo caso, me sorprende que la discusión gire en torno al divorcio y no en torno a la gratuidad de los servicios ofrecidos por la práctica en la CAJ. Me pregunto si es esto lo que los decanos de Derecho buscan: abogados preocupados de su salario e insensibles a las necesidades concretas de sus clientes.

23 febrero, 2008

Práctica Judicial e Injusticia

Una vez mas encontramos quejas en El Mercurio por las injusticias de la práctica para ser abogado en la Corporación de Asistencia Judicial (CAJ). En esta ocasión, el señor Antonio López agrega a la ya consabida crítica -que es injusta porque no remunera al alumno en práctica- problemas de objeción de conciencia -se exigie tramitar divorcios, lo cual atentaría contra la libertad de conciencia de algunos-.
Duele leer, sobre todo de parte de alguien que se identifica como "profundamente católico", que en su opinión la injusticia de la práctica judicial radica en que se ha de trabajar en ella "durante seis meses completamente gratis". Uno esperaría de personas que ya han recibido su formación jurídica -y en este caso, también formación religiosa-, que en lugar de quejarse de ello criticaran las carencias materiales en medio de las cuales la CAJ realiza sus labores. La escasez de abogados, equipamiento computacional, espacio físico, constituyen una verguenza para nuestra sociedad, que se niega a destinar los recursos necesarios para entregar asistencia jurídica de calidad a los postergados y desvalidos.

Por otro lado, la rotunda objeción del señor López inspira a primera vista respeto y admiración. Sin embargo, no se puede estar de acuerdo con la substancia de su carta: pues al afirmar que el divorcio "atenta contra una de las propiedades esenciales del matrimonio y destruye a la familia", esta asumiendo implicitamente que su labor como postulante en la CAJ habría destruido sólidos matrimonios que de otra manera habrían permanecido unidos. La ceguera ideológica le impide ver que en realidad, la CAJ hace un esfuerzo de justicia redistributiva: el divorcio es una solución jurídica que nuestra sociedad provee para aquellos quienes lo consideran necesario, y la asistencia jurídica gratuita lo pone a disposición de quienes carecen de recursos para pagar un abogado.

Me pregunto si es esto lo que los decanos de derecho buscan: abogados preocupados de su salario e insensibles a las necesidades concretas de sus clientes.