28 mayo, 2007

Reflexiones sobre el Estado

El ser humano tiene una necesidad espiritual y sicológica de justificar sus acciones. Esto no solamente se relaciona con la justificación estratégica de las cosas -la pregunta por la utilidad- sino también por su justificación moral -la pregunta por el bien-.

En el caso del Estado, históricamente han surgido dos vertientes de respuestas. Por un lado, la época clásica sostiene la bondad del Estado: el Estado y lo colectivo son un bien, porque entregan al individuo bienes que de otra manera no tendría a su disposición. Particularmente, la esfera de lo colectivo proporciona al individuo la posibilidad de vivir las virtudes, alcanzando de esa manera su perfección. Por otro lado, la época moderna se inaugura con la reflexión de los contractualistas -Hobbes, Locke, Rousseau- sobre el carácter del Estado de mal necesario: el Estado y la asociación política son un mal, porque al entrar en ellos los individuos renuncian a determinados bienes -sus derechos, su autotutela, su libertad-, pero son un mal necesario, porque lo hacen para evitar un mal mayor -la muerte violenta a manos de otros, la inseguridad de la propiedad, la desigualdad-.
De estas respuestas surgen diversos diseños institucionales. De la respuesta clásica surge un Estado limitado en la virtud; limitación que históricamente aparece como deficitaria, pues no proporciona protección a los gobernados frente a la arbitrariedad, y no se esfuerza en buscar su legitimidad en el consentimiento de éstos. De las tempranas respuestas modernas surge un Estado teleológico: en la medida en que la asociación política obtenga el fin para el cual fue creado, los individuos permanecerán en su seno. Sin embargo, las dinámicas históricas de los modelos auspiciados por los contractualistas -Estado absoluto, Monarquía parlamentaria, democracia asambleísta- no son capaces de satisfacer las expectativas que despiertan.
Finalmente, una síntesis surge en el siglo XVIII de la pluma de Hamilton, Madison y Jay en los Federalist Papers: el Estado es en cierta forma un bien y en cierta forma un mal. Si los hombres fueran ángeles, el Estado no sería necesario; pero como el mismo Estado está controlado por hombres, también es necesario el control del mismo. Así, el Estado es un bien porque entrega al hombre un orden del que carecería en su ausencia -el Estado gobierna a los hombres-, pero al ser también un mal -los hombres gobiernan al Estado- se hace necesario estructurarlo de tal modo que cada uno de las ramas de éste vigile a los demás. Así surge el constitucionalismo como disciplina del gobierno legítimo -porque busca su fundamentación en la voluntad de los gobernados- y sometido a control mediante frenos y contrapesos, checks and balances.

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